domingo, 22 de octubre de 2017

Una foto

"El secreto de una buena fotografía es el alma" 
(Andrés Martínez Casares).

jueves, 5 de enero de 2017

Habitación 346



Deseabas que llegara el fin del pasillo y yo no quería que tuviera final; querías refugiarte en aquella habitación 346 del hospital para dejarte ir.

Y me costaba entender tus no me pidas más ante mis mensajes de ánimo, aún siendo conscientes de tu gravedad, porque recordaba otras batallas que habías ganado; aunque también comprendía tu cansancio por muchos años de lucha por tu cuerpo con que la vida te había castigado. ¿Por qué?

Aquel  ¿merecerá la pena? que planteaste a la médico cuando te anunciaba poner tratamiento a la reactivación de un cáncer cabrón que se había adueñado de tu cuerpo y que, como perro rabioso, había mordido y no soltaba.

Me planificabas tu futuro… tu entierro, sin boato; pero no pudiste evitar las muestras de cariño que querían hacerte llegar todos los que se volcaron en pasar unas últimas horas contigo acompañando a la madre, a la hermana, a la amiga… Te querían, te quieren.

Esa foto…

Y ahora, aquí, quedo yo… y el resto del mundo.

Conociste mi afición por la música y no puedo por menos que escuchar a Bach  “Ruth wohl, ihr heiligen gebeine” mientras escribo estas letras que humedecen mis ojos.


Te quería, te quiero Merce.

lunes, 7 de marzo de 2016

Desfaciendo entuertos.



Era el año 2007 cuando ex-alumnos del Colegio de los PP Dominicos de la Virgen del Camino (León) organizamos la conmemoración de los cincuenta años de la fundación del Colegio y buscamos un punto de encuentro con un blog. 
Comenzaron a aparecer en él muchos compañeros que habían convivido veinticuatro horas diarias durante once meses al año en seis años, y volcaron sentimientos y también dudas que querían refrescar en su memoria.
Javier del Vigo Palencia quiso que le aclarara la relación de aquellos Trapiello que habían sido alumnos y compañeros en los años sesenta. Y le contesté en el blog:

Querido Javier:
A tu misiva del 20/05, aclaro porque no soy el famoso escritor Andrés Trapiello: Yo soy MARTINEZ, y el famoso y gran escritor es GARCIA. 
Te explico: En la primera novela premiada de Andrés Trapìello "El buque fantasma", desembarcó en León con la Editorial Plaza y Janés en promoción para presentar la novela en el Hostal de San Marcos. En la mesa presidencial le acompañaban su hermano Pedro y el presentador del acto que quiso aclarar, lo que Victoriano Crémer llamaba "La Saga de los Trapiello",  y explicaba a los asistentes: Andrés, que es el autor de la novela premiada por Plaza y Janés, y nos acompaña en la mesa presidencial también su hermano Pedro, periodista y escritor. Ellos son hermanos de Seve, el pintor, y son sobrinos de Cesar Trapiello , el tío cura periodista; también son sobrinos de Marcelo, periodista, que es el padre de Andrés que ha estado en política, como lo estuvo también otro Andrés, el tío maestro, que también fue concejal allá por los sesenta y tiene once hijos, unos de los cuales también se llama Andrés... Y continuó aclarando...

Al finalizar el acto me acerqué  y le pregunté al presentador si los asistentes lo tendrían más claro o si por el contrario habrían deducido que yo era hijo de mi tío Cesar, el cura, y Pedro era primo de Andrés. Y mi padre, periodista durante cuarenta años en "El Diario de León", era cura y padre de Andrés; pero ¿de qué Andrés?, porque nuestro abuelo también se llamó Andrés, y yo ahora tengo también un hijo que se llama Andrés. Y un hijo de Andrés...


Y Javier me contestó: 
Javier del Vigo

Eres un encanto, Andrés, escribiendo. Andrés Martínez Trapiello...

Nunca vi a nadie tan fino "desfaciendo" entuertos! Tan fino que haces reír. Y en los tiempos que corren, leer a alguien que, de forma amena, inteligente, te va quitando errores mientras te divierte, es cosa harto singular...
Los Trapiellos de León! Abundáis como las setas en primavera, me repito como puse hace días ya.
Comprendí después de escribir el texto al que me respondes que GARCÍA y MARTINEZ son apellidos distintos. Pero lo dejé así. Máxime, sabiendo que somos pocos -a lo que parece- quienes nos entretenemos repasando las entradas anteriores del blog.
A ti te veo escribir y en las fotos que publicáis. Mira, de todos los demás de la saga, sigo sin saber quien fue el hijo del cura o el torero metido a político. Ja! Es guasa! A Pedro -vaya Vd a saber si es el primo, el niño perdido en el templo o el camarero del buen menú- su voz, a decir verdad ese fantástico vozarrón de Pedro, suelo oirle por la radio de vez en cuando...
Saludos, pues, a los Trapiello de León. Seguro que haciéndome amigo de la saga, puedo vivir de gorra en León varios siglos.
De nuevo, gracias por la aclaración, Andrés. Inigualable, tanto en el tema Trapiellos, como en el nombre del periódico... Efectivamente, el PROA. 

La puñetera memoria, cómo juega con uno!


sábado, 21 de noviembre de 2015

“Cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia"





Era temprano y sonó el teléfono de la salita de estar. 

La noche y la madrugada para aquellos tres partidos políticos había sido intensa en reuniones, en incertidumbres de futuro por decidir el acceso al poder del Ayuntamiento. Buscar el cambio para un caciquismo provinciano en el que todo valía –“donde cada uno va a la suyo”, les habían dicho en un pleno- y arrebatar  el poder a los que pretendían mantener los privilegios ideológicos del dinero. El poder del Grupo Independiente durante los últimos años se jugaba mucho y no habían reparado en ofrecimientos al cargo recién elegido, al concejal, de un bastón de mando prioritario en el organigrama del poder y de dádivas económicas para que con su voto, lejos de su partido, “aportara estabilidad” a la Institución.

En aquella llamada telefónica se identificó Josemaria Aznar, el todopoderoso líder del partido, que diseñaba la necesidad de dar el gobierno municipal al Grupo Independiente que había ganado las elecciones, pero sin la mayoría absoluta. Sin embargo, JM encontró que su interlocutor era una voz femenina, la esposa del concejal elegido que le contestó que esas circunstancias las debía tratar con su marido que en esos momentos se encontraba dormido.
No cejó en sus pretensiones el todopoderoso líder del partido e intentó convencer a la esposa de la bondad del ofrecimiento para que el nuevo concejal se distanciara de la disciplina del partido y votara al grupo independiente. Estaba ofreciendo un seguro de futuro.


- Convéncele, os será muy beneficioso para los dos. Utiliza con él tus armas de mujer para persuadirle - propuso Aznar.

Volvió más tarde a sonar el teléfono y el nuevo concejal le planteó:

- Josemaria, dame una explicación para que vote al Grupo Independiente y me aparte de la postura del Partido.
- No te puedo decir nada. Debes votar para Alcalde al cabeza de lista del Grupo Independiente – decretó Aznar.
- Pero, una explicación que me…
- Por que te lo digo yo, porque eres el Secretario del Partido, por lealtad a mí, – concluyó Aznar.

El nuevo concejal  "se movió en la foto" y cavó su tumba política; pero el candidato  de la formación independiente no fue elegido Alcalde.




lunes, 9 de noviembre de 2015

No era ser agorero.



Eran aquellas reflexiones que hacía "El Cartero" en Comentario Semanal de Radio León... que pueden ser de hoy, aunque peor: Una Caja de Ahorros y Monte de Piedad esquilmada, una Diputación Provincial que desean cerrar... y unas nuevas elecciones...


"14 de enero de 2000


Viene cargado este 2000 -ya sin efectos de cambio de milenio- con fiestas navideñas casi olvidadas y cuesta de Enero... que cuesta.


No sabe el Cartero si han sido los Magos de Oriente quienes nos están obsequiando con noticias que deberían enmarcarse con recuadro de esquela: Somos la última provincia en desarrollo de esta España nuestra, y la primera por aumento de paro; perdemos población y, de los que quedamos, cada vez somos más los viejos porque nuestros hijos tienen que buscar una emigración no deseada.

La Universidad, que tanto nos costó conseguir a través de aquella Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León, o lo que es lo mismo, con la participación de nuestros ahorros y de nuestra presión social, se encuentra discriminada en la financiación autonómica. La Diputación repite el presupuesto de 1998; es decir, ya del siglo pasado, y continua con dificultades financieras, mientras nuestros representantes públicos lo festejan con aplausos sordos en espera del óbito anunciado. ¿Qué político tendrá “el honor” de apagar la luz y cerrar el portón del Palacio de los Guzmanes? La historia nos recuerda que esta Institución construyó y mantuvo las carreteras de la provincia; procuró el desarrollo agrícola y ganadero; impulsó, sin tanta discusión de variantes, junto a la Diputación asturiana, la autopista de Campomanes; atendió la salud de miles de leoneses, desprotegidos de una Seguridad Social, en el Hospital Princesa Sofía; alentó y apoyó la instalación de industrias...

No quiere el Cartero que caigan en la tentación de pensar aquello de “cualquier tiempo pasado...”, pero con este invento autonómico, tiene la misma sensación de aquél que han casado por conveniencia y, además, le han metido a la suegra a organizar la casa.

También andan estos días los partidos enmarcando y adornando listas electorales; pero... para otra semana.

Sean felices."





jueves, 26 de febrero de 2015

Otra cerveza, por favor.


Entró abstraído con la música de Mark Knopfler que sonaba en sus pinganillos y vio inmediatamente aquella mesa con dos sillas vacías a la que se dirigió sin detener la mirada en quienes iban a compartir espacio con él durante… no tenía tiempo prefijado para  vivirlo.

En un acto reflejo, acostumbrado a hacerlo con frecuencia, se quitó los pinganillos  y, de píe con la mirada en el infinito, intentó adivinar las notas de la composición que llenaban el local. Dedujo que aquella melodía identificaba el estilo y talante de Haydn, aunque no acertaba a saber qué obra podía ser; pero tampoco le importaba.

Colocó el sombrero de paño gris, que delataba muchos inviernos vividos, en la silla vecina y dobló, más bien enroscó la bufanda que dejó caer sobre el sombrero. Con mucho cuidado, sin que tocara el suelo para no interrumpir con el ruido del arrastre el ambiente de silencio, colocó la silla a la distancia justa de la mesa que le permitiera escribir en aquellos folios que se dejaban ver en el bolso de la gabardina. Nunca se quitaba la gabardina que estaba dibujada con unas arrugas marcadas por muchos ratos de silla y con pátina en codos, mangas y cuello que revelaba un uso continuado.

Mientras le servían la habitual cerveza, desvió la vela que adornaba la mesa y le restaba sitio para colocar unos folios doblados que extrajo del bolso de la gabardina y los extendió sobre la misma con un suave prensado de sus manos para alisarlos.  Tomó un sorbo de cerveza y pasó la lengua por los labios para limpiar y saborear la espuma que había quedado en ellos. Detuvo brevemente la mirada en el folio escrito y levantó la vista hacia el techo para, seguidamente, pasar revista a toda la cafetería sin detenerse en ningún lugar especial.

Ahora sonaba “El invierno” de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi… como aquel otro invierno de su niñez cuando iba montado en la yegua con Julia camino a Cil. Después de otro sábado de mercado en la Plaza Mayor, en el que Julia vendía unos huevos, conejos, pichones y algunos kilos de garbanzos, ya anocheciendo recogía y montaba en la yegua, que había quedado estabulada todo el día en casa de la señora Ricarda, después de haber colocado delicadamente en las alforjas dos botellas con aceite y un bacalao que había comprado en la tienda de ultramarinos cercana. Los trancos acompasados de la caballería le repercutían en las nalgas, al vestir pantalón corto, que rozaban con las alforjas y se le irritaban, y el tapabocas que abrigaba del relente y del frío que parecían caer de un cielo estrellado, le acompañaban en el camino para más aventuras en Cil: La llegada y entrada por el gran portalón que daba al corral y que iluminaba Delfino con un farol levantándolo por encima de la cara para evitar tropezar con el carro; la bienvenida con pequeños saltos de los perros, como invitándole a que bajara de la caballería; el mugir de las vacas en la cuadra y el silencio en la de las ovejas… El pequeño corredor sujetado por las columnas de madera que les servían a las vacas para restregarse el cuello; o las cajoneras colgadas en la pared que eran nido para las palomas... y los sacos vacíos y apilados en espera de utilizarse para llevar el trigo o el centeno al molino.

-          Otra cerveza? –le preguntó la camarera.
Levantó la cabeza que tenía inclinada sobre el papel y, aún abstraído, miró la copa vacía y el reloj de pié para comprobar la eternidad que había transcurrido y se dirigió a la camarera:

-          Otra cerveza, por favor.

sábado, 24 de enero de 2015

Filosofía rural.



La silueta de la cuadrúpeda rompía para Fidel la monotonía y el encanto de la era, sentado en  uno de los poyos colocados a la puerta de la casa, mientras observaba el verde que traía la nueva primavera. La era había sido testigo de muchas convivencias aldeanas en los periodos veraniegos de recolección, de término de acarreos con centeno y trigo para la trilla; y también de algunos montones preparados para desgranar, golpeando con un mazo de madera, las alubias, los garbanzos y las lentejas que contribuían a la economía de subsistencia en los hogares.

Aquella burra, casi tan grande como un garañón, era un símbolo del saber y pensar rural; no por ella misma, lógicamente, sino por la relación de dependencia de su amo, de Fidel.

Fidel era taciturno, callado, morugo. Su aspecto físico y sus reflexiones podrían haber servido para reinventar a Sancho Panza. Era pragmático y desconfiado. Ávido de lecturas, devoraba cualquier papel impreso que pasaba por sus manos. Releía los periódicos atrasados, pero actuales para él,  que le había surtido Don Braulio, el cura, y que amontonaba en un rincón del  escaño en la cocina. También escuchaba con atención las noticias que pregonaba la radio, también en la cocina, colocada sobre una repisa vestida con puntillas, al lado de la alacena; e increpaba y pedía silencio a los presentes para atender al locutor que relataba en “El Parte” de Radio Nacional los aconteceres de la vida que ocurrían a kilómetros de distancia. Aquellas noticias impresas y habladas, que analizaba en su dimensión vital, en su entorno, constituían para él la base que le llevaban a establecer unas observaciones muy subjetivas, pero que se volvían objetivas valorando al escenario vital de Fidel.

Las horas que pasaba sentado en el poyo, reposando su barbilla sobre las manos que sujetaban las cachas que le ayudaban en su cojera,  la boina caída ligeramente sobre su frente y la mirada perdida viendo sin mirar la era con las montañas en el horizonte, ambientaban su espacio para la reflexión.


Y Fidel sonreía picaronamente, sin modificar su postura, cuando se acercaba el sobrino que llegaba de la capital a saludarle y pretendía imitar su retranca con algún comentario de actualidad, que era motivo para que Fidel comenzara a interrogarle sobre las aconteceres capitalinos que contrastaba con las vivencias rurales y concluía que no tenían atractivo suficiente para cambiar la comodidad del poyo rural por el sillón capitalino, la era por cualquier plaza de la Capital o la burra por un automóvil.


martes, 11 de noviembre de 2014

Un personaje





-          Buenas tardes, Don Aurelio. ¿Uno con leche, como siempre? - preguntó la camarera.

Movió la cabeza afirmativamente mientras se sentaba en la silla arrastrándola hacía la mesa y repasando con la mirada el ambiente que le rodeaba deteniéndose brevemente en los altavoces.
Se ajustó las mangas de la chaqueta y colocó sus brazos sobre la mesa adoptando una postura de espera a la camarera para cuando llegara con el café con leche habitual. Volvió a repasar con la mirada la cercanía de aquella mujer mayor y del hombre maduro que se sentaba siempre al lado del ventanal.

-          Su café con leche, Don Aurelio -. Él se limitó a mirarla con una sonrisa de asentimiento para preguntarle a continuación
-          ¿Qué compositor nos va a acompañar hoy?
-          Haendel, durante toda la tarde - contestó ella.

A Don Aurelio le ponía siempre un azucarero con azúcar moreno en lugar de sobrecitos. No era maniático, era parte de su ritual: llenar la cucharilla con los granos y darle unos pequeños toques sobre el recipiente de loza con el fin de no desparramar ni un grano en el trayecto hasta la taza del café; la medida invariablemente eran dos cucharillas.

Hubiera preferido a Brahms, su estado de ánimo lo hubiera agradecido; aunque el Concerto Grosso de Haendel que sonaba en aquel momento también le agradaba. Con parsimonia, como si se tratara de un ceremonial, acercaba la taza hasta los labios que apenas los humedecía y luego los saboreaba con la punta de la lengua haciendo una inclinación de cabeza con el que daba conformidad a su sabor.

Y pasada media hora haría un gesto con el brazo levantado a la camarera que, sin mediar pregunta, se dirigía a la cafetera para prepararle otro café con leche. Don Aurelio notaba la falta de fumarse un cigarrillo entre uno y otro café; “absurdas normas de salvadores de cuerpos y almas”, repetía con frecuencia.

El segundo café lo esperaba con la espalda totalmente recta apoyada sobre el respaldo de la silla; en ocasiones lo esperaba con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. En aquel trance la camarera se limitaba a retirarle la taza usada y dejarle el nuevo café humeante sin que mediara palabra. Y ante el ruido de la silla al levantarse la señora mayor, abría los ojos y sin cambiar la expresión le hacía una leve inclinación de cabeza respondiendo a la despedida callada pero expresada con una sonrisa de aquella mujer.

Ya entrada la noche, se colocaría la bufanda anudada al cuello y abotonaría el abrigo levantando la solapa para salir de la cafetería y volver a recorrer las calles antiguas que le llevarían una vez más hasta su vieja y fría casa que, sin embargo, tenía calor de hogar.


¿Personajes en busca de autor?



       - Sí, por favor;  me pone un café cortao – dijo a la joven camarera.

Acababa de sentarse y colocaba la parka en la silla de al lado. No había hecho intención de entrar en la cafetería y era nuevamente el impulso inconsciente de entrar en aquel espacio, de vivir aquel ambiente. Su luz tenue provocaba placidez, sosiego; una luz que iluminaba la cubierta de cristal del mostrador, que cubría diferentes y antiguos objetos que le hacían revivir tiempos pasados, tiempos de juventud: Una caja de cerillas, un paquete de tabaco Cuarterón, como aquellos que traía Ovidio cuando hacía la mili en Ceuta; una carátula algo rota y sucia de disco “Yellow submarine” de The Beatles, un trompo, una cajita metálica…También sonaba la música que, una vez avanzada la tarde, pinchaban con compositores clásicos del renacimiento que le trasladaban a otro mundo…

Con la liturgia habitual, agitó la bolsita del azúcar y la rompió por la esquina para verter con parsimonia los granos blancos sobre el café. Y revolvía el café mientras miraba una vez más aquella pintura, aquél cielo gris sobre el mar con olas embravecidas que le habían llevado en algunas ocasiones a adentrarse en el cuadro para ir más allá… El reloj de pié que dejaba oír sus tic-tac en los pianísimos de la obra musical; o las campanadas pausadas del carillón, que se integraban como de un instrumento más de la orquesta en el concierto que sonaba en ese momento.

Le gustaba la mesa al lado del ventanal y, como la visita era habitual en la misma hora, parecía que existía un pacto no escrito para que la encontrara siempre vacía, como esperándole. Al lado, aquella mujer mayor, siempre con el mismo abrigo gris de muchos años y un bolso de charol con aristas muy marcadas, desgastadas; y un pañuelo con dibujos oscuros que le cubría la cabeza. Siempre sola y siempre una manzanilla. No tenía prisa para acabar de sorber la infusión y tampoco miraba a otro lugar que no fuera la taza. Al marchar siempre se despedía con un adiós y una sonrisa.

No, no estaba dormido. Su cuerpo corpulento de muchos años, recto sobre el respaldo de la silla, no indicaba que su rostro adusto y el permanecer con los ojos cerrados fuera síntoma de estar dormido; más bien estaba hipnotizado, en trance. La hora de llegada y un café con leche eran habituales. Y también la misma mesa, en el mismo rincón de la cafetería, como buscando refugio, resguardo para su soledad. Había momentos en que ponía su codo izquierdo sobre la mesa y sujetaba la cara con la mano mientras los dedos de la mano derecha, que extendía sobre el mármol de la mesa, acompañaban el ritmo de la música con pequeños golpes.

Una pareja de mediana edad se acababa de sentar en la mesa cercana a puerta, sin reparar si había algún otro sitio vacío, como buscando que un tiempo anodino quemara minutos de vida y que tuvieran cercana la salida para huir. A requerimiento de la camarera ella pedía un refresco, cualquiera, y él un café con leche fría. Ella se entretenía en mirar las personas que veía pasar por la calle a través de las puertas de cristal, y él mirada una y otra vez las lámparas que pendían del techo, la barra, las otras mesas… Tampoco parecía interesarles la música que en ese momento sonaba, y la única conversación entre ellos fue “vamos”.

E imaginaba las historias de vida de aquella anciana en sus espacios de subsistencia diaria, con la que la única conversación que mantenía era la devolución de una sonrisa cuando se despedía. O la soledad buscada del hombre que se refugiaba en la esquina… La muerta vida de aquella pareja… Eran historias concebidas por él; pero la realidad…
Recordó la obra teatral que había visto en su juventud, “Seis personajes en busca de autor” de Luigi Pirandello, y se sintió un poco autor para aquellos personajes reales con vidas que ocupaban su imaginación.  


Y aprovechó los últimos compases del “Largo (de Xerxes)” de Haendel para despedirse de la camarera con un “hasta mañana”.

martes, 23 de septiembre de 2014

La vieja radio


Le faltaba en el ambiente el humo del cigarrillo que siempre acompañaba las letras que pretendían expresar vida en un folio. El humo de tabaco pintaba con una pátina amarillenta los libros y discos que llenaban las estanterías y también les impregnaba con un aroma que creaba vida a su entorno.
Apoyó los codos sobre la mesa, sostuvo la cara entre sus manos y comenzaron a mezclarse recuerdos que ya le marcaban mucha edad.
Se detuvo en la radio Clarión con carcasa de madera negra y cristal con luz interior que le permitía viajar a las innumerables capitales del mundo allí grabadas a medida que movía la aguja del dial con uno de sus botones redondos ; y el cable-antena que salía por la parte posterior del aparato en dirección a la cañería del fregadero de la cocina. La radio estaba allí arriba, sobre una repisa de marquetería que había hecho Don Sotero.  Parecía… era un altar.
Se había trasladado a aquellos maravillosos años de la infancia cuando se encaramaba, subido a una banqueta e intentaba encontrar en el interior de la radio al gnomo que hablaba.
Recordaba el silencio sepulcral y la imaginación inocente de aquellas noches navideñas, cuando el locutor conectaba con Oriente, con sus Majestades los Reyes Magos para  informar del recorrido que iban realizando hasta que llegaban a casa la noche mágica del cinco de enero.
Y las coplas con sonido metálico en el patio de vecindad, dulcificados por el dúo de alguna voz femenina metida en labores hogareñas.
Así mismo “El Parte”, con aquellas noticias oficiales emitidas al unísono por todas las emisoras, que cantaban las excelencias de nuestros gobernantes y pregonaban la protección que ejercían sobre nosotros ante las  amenazas de la masonería y el comunismo internacional. También la música clásica, que añadía a las notas de la partitura el sonido monótono de la aguja del tocadiscos sobre el microsurco.
Hoy tenemos más color, con más tonalidades, con más  matices en noticias, opinión y entretenimiento. Y  nuestros niños ya no buscaran  el gnomo entre cables y resistencias.  Aquel mueble ya no será un altar en la cocina y los locutores tampoco retransmitirán el viaje en camello de los Reyes Magos desde Oriente. Pero la radio seguirá ahí entre cazuelas, en la oficina, en el coche, en la ducha… Acompañará alguna soledad, hechizará con acontecimientos noticiables y, seguramente, incitará a tararear la canción de moda.


…volvió a la realidad y conectó el viejo tocadiscos. Repasó los “long play” de su colección y eligió el Concierto para violín y orquesta de Mendelssohn. Extrajo de la funda el vinilo, que limpió con delicadeza, y lo puso sobre el plato. Ya solo le faltaba colocar la aguja sobre el disco y escuchar el roce de la misma buscando los primeros compases del concierto que le hicieran revivir años de infancia y juventud. 

lunes, 7 de abril de 2014

Hoy igual que ayer.



Andaba yo en labores de comentarios radiofónicos en el año 2001, y reflexionaba con el seudónimo de “Cartero” sobre León y sus circunstancias.
Hoy, después de trece años, habría escrito algo muy similar… o peor.

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18/10/2001
            Un año más, le han traído al Cartero desde la Sobarriba para que deposite en el buzón radiofónico  de estas mañanas de radio, unos pareceres y opiniones que, a veces, comparte con la burra del tío Fidel en la era de Villacil.

            Quiere empezar con buen ánimo, trasladar optimismo y dejar la polémica para políticos en escaño nacional, autonómico, provincial y local.
            Porque aquí, en este León de nuestros encantos, no pasa nada. Sobre todo, si lo comparamos con un mundo medieval sembrado de tanques y bombas en Afganistán; o con el carbunco que anda saltando desde el Pacífico hasta el Atlántico por toda América del Norte.
            Pero en este León de nuestras miserias no pasa nada de nada. Porque nuestros hijos no van a la guerra; solo marchan a estudiar y a trabajar a Madrid o a Valladolid; y estas ciudades, al fin y al cabo, son España.
            Andaba el Cartero el domingo pasado -fin de puente y fiesta nacional- en estaciones entre trenes y autobuses, cumpliendo con el deber paterno de afectos en despedidas filiales. Y allí cerca, en el nuevo estadio de fútbol, rugían unos miles de leoneses animando a su Cultural del alma. Estaban ajenos a la pequeña tragedia de una emigración desde una estación cada vez más provinciana en su paisanaje. Era una escena de película en blanco y negro.
            Uno, dos, tres, cuatro… muchos más autobuses camino del sur. Y alguien reclamaba la presencia del Alcalde para una despedida sin pañuelos al aire y con el alma encogida ante tanta diáspora joven.
            Pero no llegaron ni el Alcalde, ni diputados, ni parlamentarios, ni concejales… Y uno, dos, tres, cuatro… muchos autobuses pasaron delante del nuevo estadio de fútbol cargados con vida joven camino del sur.
            Y ya de vuelta a casa, el Cartero cruzó el Puente de los Leones reflexionando sobre el aspecto positivo y optimista de aquella situación vivida: Al menos, no se van a Afganistán.
            Es cierto: En León no pasa nada
            Sean felices… y optimistas.   
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No han cambiado mucho las cosas; quizás a peor.


lunes, 30 de diciembre de 2013

Eran las cosas del tío cura, de tío Cesar.


Era un domingo más en comida de  familia en casa de los padres y la compañía del tío cura, tío Cesar.
Estaba gracioso Tony con diferentes personajes y le reíamos las gracias mientras mi madre preguntaba con gran esfuerzo, por la poca atención a sus requerimientos de los comensales, quién tomaba café; Cesar sí, pedía un café, pero descafeinado.
Sirvió café a todos los que lo habían pedido y a tío Cesar le trajo el tarro del Nescafé descafeinado para que se lo fuera haciendo: Le puso el vaso de cristal con el agua hirviendo para que se sirviera y revolviera. Mientras, Tony Leblanc seguía haciendo de las suyas con Cristobalito Gazmoño y todos le reíamos las gracias. Cesar miraba nuestras risas y sonreía también.
Pero había que tomar el café y tío Cesar comenzó a revolver el agua hirviendo… Revolvía, revolvía e imaginé qué podía ocurrir. Hice señas a mi madre con movimientos de cabeza para que prestara atención a su hermano, a tío Cesar y su "café”. Y seguíamos riendo, unos con las gracias de Toni y otros, mi madre y yo, viéndole a Cesar los movimientos de su mano con la cucharilla revolviendo el agua de su café. Las risas se hicieron más intensas cuando el resto se percató y ocurrió lo que esperábamos: Cesar comenzaba a tomar aquel agua, su café descafeinado, a sorbos hasta que lo acabó. Y él contribuía  también con una sonrisa inocente a las carcajadas y no reparaba que nos hacía más gracia por él que por Tony Leblanc.
El respeto y el conocimiento de otros muchos despistes nos impidió decirle nada a Cesar de lo ocurrido.
Cesar vivía con mis tíos y al día siguiente de aquella comida familiar se lamentaba ante su hermana de la mala noche que había pasado. Mi tía, que ya conocía lo sucedido, le indicó como posible causa del insomnio el café que había tomado el día anterior en casa de Patro, pero él lo negó rotundamente porque “el café que tomé era descafeinado”.

Hubo un periodo de su vida, al fallecer su madre, mi abuela Laura, que Cesar se fue a vivir con su hermana Laurita. Fueron tiempos de capellanía en la Maternidad Provincial donde bautizó a un sinfín de leoneses; también de profesor de dibujo para los alumnos del Seminario Menor de San Froilán y, finalmente, de Beneficiado en la Catedral de León.
Entre sus obligaciones de Beneficiado figuraba la asistencia diaria al canto de la “Hora Tercia de Laudes” y la posterior misa conventual en la Catedral. Una vez que terminaban los oficios religiosos, esporádicamente, se acercaba a la cercana Plaza de Mayor para, en alguna de sus tradicionales tiendas, comprar un trozo de cecina que depositaba en un bolso de la sotana junto al paquete de tabaco, y que los iba cortando en pequeños trozos con una pequeña navaja y saboreaba con deleite mientras caminaba por las callejuelas. También era frecuente encontrarle a media mañana en la Cafetería del Hotel Paris tomando un café acompañado de un cigarro rubio o negro, los alternaba, mientras completaba el crucigrama o la jugada de ajedrez del periódico ABC.
Para Cesar era habitual ir leyendo el periódico por la calle en cualquier recorrido que hiciera, y el formato del ABC se prestaba para ello. Lo cogía con las dos manos y lo colocaba a una altura de los ojos que le permitiera ver si había algún obstáculo en el trayecto y así poder esquivarlo. Solamente hubo una ocasión en la que le fue casi imposible sortear la barrera porque se plantó delante de él su hermano Andrés que, sin decir palabra, acompasaba el intento de Cesar por evitar el encontronazo. Cesar, extremadamente educado, bajo el periódico hasta la altura del pecho y pidió disculpas a aquel bulto, a su hermano, que tenía delante y continuó su camino.

Cesar hacía esfuerzos por estar integrado en la familia saludando a sus múltiples parientes, aunque muchas veces le costaba entablar la relación paterna y materna del sobrino.  Aquel día le encontrábamos mi mujer, enfermera, y yo caminando hacia casa y le invitamos a subir al coche porque nuestro domicilio quedaba enfrente  al de Cesar, la casa de su hermana Laurita donde su cuñado y ella explotaban una negocio de supermercado, antiguo ultramarinos.
Nos habíamos casado unos meses antes y tío Cesar había sido testigo en la boda; y también solíamos  encontrarle con frecuencia por la alrededores de casa, por vecindad.
Regresabamos mi mujer y yo a casa en el coche y le vimos que caminaba en la misma dirección. Me acerqué con el vehículo y le invité a subir.
-          Buenas tardes, tío -, le saludé mientras se acomodaba en el asiento del copiloto que educadamente le había cedido mi mujer.
-           ¿Vais para casa? – preguntó; y sin esperar contestación se dirigió a mi mujer con una pregunta que también era afirmación.
-          ¿Tú eres la cajera de Laurita?
Mi mujer y yo nos miramos y sonreímos porque en un santiamén había convertido a mi mujer, enfermera, en la cajera del supermercado de su hermana Laurita.


Eran las cosas de tío Cesar.

martes, 22 de octubre de 2013

Un momento




Un folio en blanco, una pantalla de ordenador vacía para que te vacíes. Y lo necesitas; y quieres relatar tantas cosas... contar tantas historias, expresar tantos sentimientos...

Y no te importa que alguien lo lea, y que sea feliz o desgraciado al hacerlo; pero quieres escribir, sentirte a ti mismo.

Necesitas el rincón en tu cafetería y el café que acompañe unos renglones; también un cigarro que calme tu ansiedad por contar... O el refugio de tu estudio... Disfrutar de tu soledad buscada... Sí acaso, acompañado de unas notas musicales, de aquella sinfonía que refuerza, que llena tu espíritu...

Te preguntas por la verdad, la de los demás o la tuya, para concluir que la más acertada es la tuya; aunque para el resto de la humanidad sea la equivocada... ¿Por qué?

Y, con muchos años ya en tus hombros, rehúsas competir, aparentar, discutir… Recuerdas la anécdota de aquellos jóvenes estudiantes que le preguntaban al anciano con muchos años contados y una presencia física envidiable cómo había llegado a esa edad y se conservaba también.
- Es que nunca he discutido –respondió-.
- ¿No será por eso? –contestaron los jóvenes-.
- Pues no será –replicó el anciano-.

miércoles, 5 de junio de 2013

Marina era puta.



Marina no era estrella, ni segundona en una película de la posguerra: Era puta.
Con mis ocho años, veía muchas veces frente al colegio a Marina. Hacía puerta, esperaba clientes en el que había sido un bar que “las buenas costumbres” habían clausurado ante el escándalo de estar regido por una puta. Y aún se podían ver a través del cristal biselado de la taberna una legión de botellas alineadas con todos los licores: Soberano, Veterano, anís El Mono… Y Marina atraía parroquianos con una gran iluminación roja en sus labios y uñas, un moño bien peinado y un vestido alegre en color y corte. Marina era puta.
Nuestros mayores nos advertían ante los requerimientos que nos hacía Marina para traerle recado de vinagre, azúcar o una hogaza desde los ultramarinos. Yo nunca pequé ante tales invitaciones; siempre tuve miedo que me contagiara el virus de aquella culpa que, con solo su presencia, hacía volver o bajar la cabeza a los viandantes que debían transitar por delante de aquél antro, de la casa de Marina. Marina era puta.
Algunos feligreses de Marina, con ropajes que les identificaban en una extracción social baja, se atrevían a hacer tertulia y reír las gracias que yo no comprendía. Ella, Marina, subida en el peldaño de la entrada al bar, destacaba sobre las cabezas de los fieles que la rodeaban. Marina era puta.
Esta noche, viendo la televisión, “la caja tonta”, me he acordado de Marina. Habrá muerto, y no sé cómo o en qué circunstancias. ¿Por qué me habré acordado de Marina cuando haciendo zapin ves varios programas del corazón, que así les llaman?
Hoy sigue habiendo putas que, como Marina, no aparecen en el “papel-cuché”. Pero también hay fotos en revistas, programas de televisión o biografías ejemplares de señoritas respetables para una gran parte de la sociedad, que marcan forma de vida, que son iconos de una sociedad que disculpa, disimula y mira para otro lado; como los vecinos de Marina.
Hoy tengo más años, años vividos de enseñanza y experiencia, aunque esta circunstancia no da patente de corso, y he llegado a tomarle cariño a Marina. Nunca supe cuál fue el futuro de Marina, la puta.
Hoy es Marina.

domingo, 28 de abril de 2013

Era, es mi plaza infantil.




Era Don Sotero bajo y regordete; vestía sotana, dulleta y teja, y decía misa en Santa Marina la Real, mi parroquia. 
También era Don Sotero mi vecino. Y le gustaba la marquetería en la que se esmeraba y yo me embelesaba viéndole manejar aquella sierra de calar que daba formas y dibujos diferentes a panchas de madera.
Don Sotero fumaba en pipa de boquilla los cigarrillos que liaba con gran maestría. Entre sus dedos índice y medio de la mano izquierda sujetaba el papel del librillo “Zig Zag” mientras depositaba en la palma de la mano el tabaco que desgranaba de un paquete verde -de “picadura de cuarterón”, le llamaban- que liaba con mucha maestría por la práctica repetitiva de varias veces al día durante muchos años.  Mis enredos infantiles con la pipa, que descansaba ausente de pitillo en el cenicero, le sugirieron a Don Sotero ofrecérmela para que chupara su boquilla, y accedí. Aquel sabor fue todo lo contrario al de un caramelo y me restregué la lengua y el paladar con los dedos y la manga del jersey para intentar aliviar el amargor que me había dejado. 
Y cuando don Sotero salía o llegaba a casa, aquel tropel de rapaces que bullía por la plaza corría a su encuentro disputándose la primacía en besar la mano del reverendo, como si se tratara de conseguir un trofeo.

Porque aquella plaza tenía mucha vida: Los chavales del barrio jugábamos al burro, a las canicas, al tacón y las pelis; y utilizábamos para “el escondite” la trasera del “altar” y las grandes columnas laterales que cercaban el monumento, que llamaban de “La Cruz de los Caídos”. En la plaza no había coches aparcados, con lo que la calle se convertía en un campo de fútbol con terreno de canto rodado en lugar de hierba, y con pelota de trapos apretados con cuerda que simulaba un balón. Solamente debíamos esquivar el coche del funerario, el coche negro que transportaba ataúdes también totalmente negros, cuando se acercaba a aquel semisótano que tenía por almacén.
Y en las tardes, a la hora de la merienda, mirabas con envidia al rapaz que llegaba de casa con un bocadillo de barra que desprendía una grasa rojiza que delataba que en su interior había chorizo, mientras a ti te habían untado en una rebanada de hogaza un poco de tocino que había sobrado del cocido de mediodía.
Aquella plaza te hacía desarrollar la imaginación, buscar el juego infantil que llenara unas horas de esparcimiento después de la escuela; y siempre con la mirada atenta del chiri (el municipal).

jueves, 21 de febrero de 2013

Fueron aquellos años sesenta



Volvía a casa después de una tarde de domingo en paseos por la calle principal de la Capital con la pandilla, pandilla totalmente masculina. Había sido el desahogo para un día festivo alejado de manuales con filosofías de Aristóteles o Descartes; también abandonado de las traducciones a Cicerón, Tito Livio o de memorizar el vocabulario de inglés.

Llegaba ilusionado por habernos cruzado por la misma acera en tres ocasiones con aquel grupo de chicas.
Era la ancha acera de aquella calle principal, siempre la misma acera, que propiciaba la ojeada disimulada al grupo femenino y que, si era coincidente el cruce de mirada con alguna de ellas, nos propiciaba el pavoneo por el acontecimiento ante el resto de los acompañantes y proponías otra vuelta más cantando a Los Brincos o a Adamo.
De aquella chica me había atraído la melena castaño oscura, muy cuidada, con flequillo que casi le ocultaba la mirada y le daba una apariencia misteriosa y tímida, transformando su semblante en seriedad y rigidez corporal al cruzarse con nosotros. Aquella melena me recordaba el amor platónico por inalcanzable de Françoise Hardy. E imaginaba un paseo sosegado con ella hablando de… quizá las asignaturas, sus profesores; los gustos por la música o cantantes de moda, de… Era igual el tema; soñabas, sentías algo especial por su compañía y no reparabas con quien te cruzabas… Pero, ni siquiera sabía su nombre.
La otra acera era igual de ancha; pero solamente la transitábamos para ir alguno de sus tres cines cuando disponías de algunas pesetas que habías economizado detrayéndolas de tomar un vermut en “La Casuca”; y buscabas que fuera en programación de “sesión continua”, dos películas seguidas. También cruzábamos para ver en el escaparate de Navarro Óptico la carátula del último single de The Beatles; o, en el otro comercio, en Olalla, los de Los Sirex, The Beach Boys, otro de Grieg… todos a 45 rpm porque solamente su contemplación te producía placer y evaluabas su costo para proyectar la compra de alguno con motivo de alguna celebración, algún cumpleaños. Los long play, los de 33 rpm eran prohibitivos. Fue, por lo tanto, un lujo que mi hermano hubiera comprado el disco Rubber Soul de The Beatles que me permitía ponerlo en el tocadiscos para escuchar repetidamente la canción “Girl”.

Había sido otro domingo de ilusión con los amigos y, muy a menudo, con sueños por realizar.

lunes, 14 de enero de 2013

Un cuadro para muchas historias.




Un cuadro del tío cura, de Cesar, que cuelga de una de las paredes del vestíbulo de casa de madre. El tío Cesar escribía, pero también dibujaba y pintaba. Y desde mi uso de razón ese cuadro ocupa el mismo espacio en la pared, y mil fantasías en sus torres y arcos han afanado mi mente durante años.
Pero también realidades.

Ico, de mediana estatura, muy callado, trasladaba con su presencia la fidelidad y sumisión a quienes abonaban su sustento por sacristán y campanero de la Catedral, a los miembros del Cabildo catedralicio.
Ico, encogido, con un abrigo que parecía grisáceo, de muchos años, con los bolsos algo raidos que refugiaban sus manos del frio de la madrugada leonesa, esperaba en el pequeño vestíbulo del edificio de Correos, aledaño a la Catedral, a que llegara la hora del repiqueteo de campanas.
Tenía Ico un ritmo muy equilibrado con las campanas: Una sonoridad triste para momentos de difuntos; acentos alegres, en sinfonía de muchos sonidos para días pascuales, de fiesta; y en Viernes Santo hacía sonar el carracón al paso de la Procesión del Entierro.
Posiblemente, Ico jamás pensó que aquel sonido atronador que producía con las distintas tonalidades de las campanas en la torre y se oía a kilómetros, era capaz de encoger o ensanchar el alma de quienes le oíamos. Yo imaginaba a Ico agarrando con sus manos varias cuerdas de badajos a la vez; incluso, según me contaban, atándose otra cuerda a la cintura si los muchos toques lo requerían.
He querido recordar muchas veces las notas, los sonidos que me despertaban en los primeros días de la Pascua Florida, del inicio de la primavera. Creo que la fonografía se hubiera enriquecido con aquellos sonidos que creaba Ico.

En León, en su Catedral, no se hubiera necesitado jamás un famoso jorobado porque estaba Ico.

lunes, 15 de octubre de 2012

“Habéis convertido mi casa en una cueva de ladrones” (cfr. Lc 19, 45-48).



Me han sustraído una parte importante de mi vida; de mi espiritualidad, de la mía. De momentos de sosiego recorriendo pausadamente las naves de la Catedral de León mientras en los pinganillos me acompañaban Haendel, Mozart, Bach, Palestrina…

 Sentarse en un banco y contemplar allí arriba los arcos, las piedras que canteros anónimos dieron forma; y carpinteros para una sillería del coro y herreros que dieron mil formas a rejas. Vidrieros, pintores, orfebres, músicos, arquitectos… Carros de bueyes trayendo la piedra de Boñar o acarreando troncos que sirvieran para el armazón… Y también las mujeres llevando en alforjas de burros las tarteras repletas de un cocido que diera calor y fuerza a aquellos artesanos.
Y una vez concluida, sumisión del pueblo constructor ante la amenaza de condenación al fuego eterno que pregonan las capas pluviales con mitra, o los roquetes sobre la sotana y tocados con bonete. Penitenciario para exculpar de pecados; y deán, fabriquero, ecónomo, canónigo, beneficiado… Y, no lejos, también las barraganas.

 Vuelvo a mi Catedral de León en blanco y negro.

 No me gusta que se haya implantado un fielato para expender una tarjeta de residente o turista, con excusa de mantenimiento, que te permita el acceso; tampoco la exclusiva remunerada para explicaciones de sus rincones, sus vidrieras, sus pinturas, sus tumbas; o el encaminamiento señalizado con cintas que te conduce exclusivamente al servicio religioso. Y tampoco que se haya convertido cada fin de semana en fabrica de bodas con pasarela de modelos ad hoc.

 … y la sigo considerando mía.

domingo, 18 de marzo de 2012

Esta ventana sigue teniendo vida



Me fascinan las ventanas y… también me inquietan.

Esos cuarterones servían ayer para abrir de par en par a la vida bulliciosa del corral con alegría en verano; y producían discreción y misterio desde afuera cuando permanecían cerrados en invierno.

No necesito un gran esfuerzo de concentración para imaginar, para que me cuenten la vida cotidiana del otro lado de la ventana; tampoco me cuesta adivinar el día a día de la vida que revivo a través de esos marcos y cuarterones desvencijados que antaño no podían separar la vida de la cocina de la del corral.

Hoy sus rendijas dejan entrever unas grandes zarzas que han sustituido a la amplia mesa de tabla de chopo, desgastada por las reiteradas fregaduras con estropajo y arena. Aquella mesa que hubiera podido relatar filandones nocturnos de los miembros de la casa con vecinos llegados para coordinar la trilla del día siguiente, el acarreo desde las parcelas de El Sapo; o llegados para pedir las alforjas en las que llevar al mercado de la Capital, a la Plaza Mayor, unos huevos, tres conejos, dos pichones y el serón con un trozo de hogaza que acompañe a un poco de chorizo, algo de tocino y el relleno que sobró del cocido de ayer.
Unos ladrillos y tejas ocupan el lugar que ocupaba el escaño que rodeaba casi todo el perímetro de la mesa. A la izquierda se encontraba la cocina económica con tres escudillas sobre la chapa que contenían las sopas de ajo picantes y condimentadas con unto, que daban vigor a los hombres de la casa para ir de madrugada a la siega y al acarreo de la mies que servía, en aquella economía de subsistencia, para el sustento familiar y para el trueque por algo de aceite y bacalao en algún ultramarino de la Capital.
Ya no merodean, entre las piernas de aquellos comensales del almuerzo, los gatos que anunciaban su presencia restregando el lomo contra los pantalones de pana. No está el porrón que propiciaba el último trago largo del vino, fermentado en la bodega cercana a la era, y que anunciaba el fin de una liturgia diaria que terminaba con el cigarrillo de picadura, que liaba con habilidad y esmero el patrón de la casa, y que prendía con alguna brizna que recogía con las tenazas del hornillo de la cocina.

Esta ventana sigue teniendo vida.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ese sello de Correos...




Te asedian con celuloides, fotografías, reproducciones que quieren producir sensaciones, que te incitan a vivir más…

…pero siguen siendo algunos de esos pequeños sellos, que ensalivados y pegados a un sobre con dirección en cuidada caligrafía por la que adivino quién lo remite, los que excitan mis emociones de vida pasada y presente.

Y cuando, entre la correspondencia comercial retirada del buzón, encuentras un sobre con ese sello encuadrado con esmero, te produce un vuelco el corazón y adivinas la liturgia del ser querido que remite: Recoger las cuartillas guardadas con pulcritud entre las páginas de un libro, siempre el mismo libro; quizás una de las estilográficas que tiene alojadas con innumerables bolígrafos y lapiceros en el tarro que está en la repisa de la salita…
El respirar profundo mientras se inclina sobre el papel en blanco y escribe “Querido” con un trazo en la letra que transmite su palpitación…; y, por fin, un “Te quiere…”
Y buscará en el cajón del aparador la cartera de mano donde guarda los sellos y elegirá con mimo aquél cuyo tema se ajuste al parabién o la confidencia relatada: Una flor, una tradición, un paisaje, un cuadro…

Los colores cálidos de la reproducción, ese sello de Navidad ya me anuncia deseos de dicha, sosiego y afecto.

miércoles, 30 de marzo de 2011

¿Estaba solo?



Volví a casa de Padre.
Aquel caserón, antiguo palacio y hoy casa de vecindad, seguía rezumando humedad por las paredes del gran portal. En el patio, el lilar, casi seco, ya no desprendía el olor que me anunciaba la llegada del verano en los años de la infancia. Y tampoco había geranios sobre el brocal del pozo.
Ya no me atreví a subir con un brinco los tres primeros peldaños de piedra, ni a contar con trancos de dos en dos, menos uno, el resto de las escaleras: Seguían siendo diecisiete.
Tuve la tentación de llamar con el picaporte, coger aquella mano de hierro fundido que no se cansaba de sostener la bola que en la infancia intenté arrebatar para dar rienda suelta a mis juegos. Pero el aviso de mi llegada fue con el timbre. Y los pasos apresurados que oí, eran los de Madre que reconoció mi presencia por los tonos rítmicos de la “chicharra metálica”.
Jose se encontraba en el despacho de Padre del que había hecho su mundo, su vida. Rodeado de la gran estantería repleta de libros que mostraban, sin rubor ni miedo de años pasados, sus títulos y autores. Autores y títulos malditos para unos salvadores de cuerpos y almas con represión política y religiosa, y que conservaba con mimo, buscando quizá los testigos, la justificación de unos amigos mudos que podían arropar los sueños de sus años juveniles en busca de ideas de libertad.
Su aspecto físico seguía descuidado por el pelo algo despeinado y con corte desigual. Pero era su barba canosa la que le daba una apariencia de intelectual o bohemio.
Embelesado, como siempre, contestó con un “hola” a mi saludo.
Bajo el cristal que protegía el barniz de la mesa, una foto de carné de los años adolescentes de Jose; y sobre ella, algunas partituras de música para guitarra: “Recuerdos de la Alhambra”, “Romance Anónimo” y otras más. También, la cejilla para la guitarra al lado de un pequeño crucifijo; y el paquete de tabaco que le surtía con fluidez los cigarrillos que apuraba convulsamente hasta la boquilla. Uno de aquellos cigarrillos, en ese momento, hacía el recorrido desde sus labios hasta el cenicero impregnando con su humo, aún más, el ambiente ya sobrecargado por unas horas de soledad que también quemaba como el tabaco. ¿O quizás no estaba solo?: Estaba con él. Hacía muchos años que ¿había superado? a una sociedad que no quiso entenderle.
Hoy buscaba la amistad de una estilográfica y de unos folios que llenaba de sonetos, algún poema, décimas… Unos versos en los que depositaba su desesperanza, su desilusión, su vida…


“Sufrí la eternidad de los papiros,
del frustrado consejo; la violencia,
la falta de consenso, la inclemencia,
el triste regresar de los suspiros.

Tiempo loco, hoy no te quiero cuerdo;
mas ido ya, dejado tu dictamen,
vuelvo a tu ser, arcano, sin examen;
vengo de ti por más que no recuerdo.

“Recuerdo” es recordar lo que no ha sido:
¿Dónde las madreselvas de un camino
tan vigoroso, exhausto, tan vivaz?.

Traer a la memoria aquel olvido
es quererlo vivir sin el Destino
que borró la sonrisa de mi faz.”

En el regazo de Jose, con cariño, quizá con amor, reposaba la guitarra a quien tanto mimaba y con la que me había enseñado, en aquellos años del Mayo francés, los primeros acordes de las canciones de The Beatles.
Y a su izquierda, el atril vacío.
- ¿Ya no tocas, Jose?
Su contestación fue una caricia a las femeninas curvas de la caja del instrumento. Dejó caer sus ágiles dedos rasgando las cuerdas desafinadas, al tiempo que su mano izquierda se deslizaba hasta las clavijas de la guitarra. Giró la primera y un MI grave se fue debilitando con un tono cada vez más ronco ante la falta de tensión de la cuerda. Siguió con el LA, RE, SOL, SI, MI.
Con parsimonia, Jose depositó la guitarra, ya muda y desnuda de cuerdas, en aquella maleta que convertía en féretro para el instrumento.
Volvió a sentarse en el sillón haciéndose otra vez dueño de la mesa del despacho, defendiendo su territorio, volviendo a su universo.
Encendió un cigarro más y llenó sus pulmones de un humo que fue expulsando con lentitud hacia la lámpara que pendía del techo.
Su mirada viajó otra vez al infinito.
- Hasta mañana, Jose.

miércoles, 5 de enero de 2011

El tren-correo León/Bilbao



Ya eran cerca de las nueve de la tarde. Solo faltaba la llegada de Ballesteros para cerrar la jornada laboral.
Ballesteros era menudo en altura y anchura, y se había embarcado en la compra de un piso en León que asustaba a los compañeros por su coste en ceros: ¡Quinientas mil pesetas!. Aquella aventura económica de vida, le obligaba a Ballesteros a “tirar patrás” en los quehaceres de funcionario de Correos y su especialidad de ambulante en el Correo León-Bilbao, en el Hullero.
La tartera con algún guiso del hogar, refinadamente envuelta con papel de una página del periódico -gratuito para Correos- de El Diario de León, le calmaba el hambre de un traqueteo que resultaba interminable. Y el mismo abrigo para festivos y laborales, que había cumplido también muchos trienios, casi tantos como los que Ballesteros tenía completados en el Cuerpo.
Después de doce horas de viaje saludando a los innumerables carteros del trayecto (San Feliz de Torío, Garrafe, Pedrún, Matallana, La Vecilla, Cistierna…Mataporquera… y Bilbao), buscaba refugio para el descanso en la Sala de Clasificación de Correos de Bilbao, acomodando sobre una mesa para la distribución una serie de sacas que le servían de colchón y manta, para amanecer al día siguiente y emprender el regreso a León.

Plácido era diferente, tanto en altura como en anchura. Había nacido en el Páramo, en Meizara. Y su gabardina debía haber completado (una vez que hice cuentas) el quinto trienio. En su alimentación de ambulante primaba su costumbre rural: Un buen trozo de chorizo que rezumaba grasa roja, algo de tocino de jamón, algunos tomates y cebollas en temporada, y una buena rebanada de hogaza. En el descanso nocturno ejercía más dispendio que Ballesteros porque dormía en la misma fonda donde dormían otros colegas que habían ajustado con la posadera un precio más ventajoso al no tener que cambiar las sábanas de unos para otros.
Y Placido también llegaba, en el regreso de Bilbao, en el Correo, sobre las nueve de la tarde y hacía la entrega de los documentos de la correspondencia en el Negociado de Certificados de la Jefatura Provincial de León. ¡Firma en barbecho!, decía siempre mientras sacaba de aquél maletín, que me recordaba a los que llevaban los médicos del Oeste y se veían en las películas, el libro de las Firma-registro de Entrega, un matasellos, el trozo de chorizo y la rebanada de hogaza sobrantes, “el mapón” donde se relacionaban los certificados y las sacas/despacho, una barra de lacre, un trozo de cuerda, algún precinto para las sacas de los paquetes…¡Firma en barbecho!, repetía.

Aquellos ambulantes en el Correo León-Bilbao, también hicieron muchos kilómetros de traqueteos interminables, de días de fríos intensos en los que las briquetas que les pasaba el maquinista y quemaban en la estufa del vagón-correo, apenas calentaba un ambiente en el que era imprescindible ajustarse bien la gabardina o el abrigo.

Eran aquellos años, existieron.

domingo, 21 de febrero de 2010

No le hacía falta capa pluvial




“Santo Andresín”, me decía Don Julio Llamazares –Abad de la Colegiata-Basílica de San Isidoro- cuando le ayudaba a misa y, una vez concluida, “escurría la vinajeras”; o lo que era lo mismo, ya en la sacristía apuraba de aquella pequeña jarrita de cristal el último sorbo de vino de misa que había sobrado.
También quería hacerme Obispo de Astorga, y mis seis años se llenaban de ilusión al verme como Don Luís Almarcha, el homónimo en aquella época en León.
Porque yo llegaría en otro coche italiano con banderola en el capó y chofer; me vestiría con bonete casi granate, capa, teja con borlas, guantes y zapatos a tono; y un gran anillo que se acercarían a besar las autoridades, los canónigos, la gente del barrio y los rapaces. Y viviría en otro palacio episcopal con curas y monjas que me atenderían; y mi madre no tendría que lavarme la ropa y fregar los cacharros de la comida, y tampoco hacerla. Y ya sería casi santo por ser obispo, porque en el organigrama debían de estar ya muy cerca de Jesucristo. Además, los curas no dejaban de hacer reverencias al Obispo Almarcha y le decían “su excelentísima”.

Don Julio era un hombre bueno, no porque quisiera hacerme Obispo de Astorga; tampoco porque me diera un duro en papel nuevo cuando iba a verle poco tiempo después al Asilo. Aquí, al Asilo de las Hermanitas, le había desterrado el Obispo Almarcha; y yo creía que era por viejo. Pero me extrañaba que no volviera por la Basílica alguna vez, hasta que fui deduciendo su expulsión por comentarios que hacían las personas mayores sobre sus paseos desde aquel Asilo de pobres y viejos, que apenas llegaban más allá de cien metros porque recorrer unos metros más le harían ver la Torre del Gallo de la Colegiata y no lo podía soportar.

Los restos de Luis Almarcha están bajo lápida y escudo en la Catedral de León; los de Julio Llamazares…