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jueves, 26 de febrero de 2015

Otra cerveza, por favor.


Entró abstraído con la música de Mark Knopfler que sonaba en sus pinganillos y vio inmediatamente aquella mesa con dos sillas vacías a la que se dirigió sin detener la mirada en quienes iban a compartir espacio con él durante… no tenía tiempo prefijado para  vivirlo.

En un acto reflejo, acostumbrado a hacerlo con frecuencia, se quitó los pinganillos  y, de píe con la mirada en el infinito, intentó adivinar las notas de la composición que llenaban el local. Dedujo que aquella melodía identificaba el estilo y talante de Haydn, aunque no acertaba a saber qué obra podía ser; pero tampoco le importaba.

Colocó el sombrero de paño gris, que delataba muchos inviernos vividos, en la silla vecina y dobló, más bien enroscó la bufanda que dejó caer sobre el sombrero. Con mucho cuidado, sin que tocara el suelo para no interrumpir con el ruido del arrastre el ambiente de silencio, colocó la silla a la distancia justa de la mesa que le permitiera escribir en aquellos folios que se dejaban ver en el bolso de la gabardina. Nunca se quitaba la gabardina que estaba dibujada con unas arrugas marcadas por muchos ratos de silla y con pátina en codos, mangas y cuello que revelaba un uso continuado.

Mientras le servían la habitual cerveza, desvió la vela que adornaba la mesa y le restaba sitio para colocar unos folios doblados que extrajo del bolso de la gabardina y los extendió sobre la misma con un suave prensado de sus manos para alisarlos.  Tomó un sorbo de cerveza y pasó la lengua por los labios para limpiar y saborear la espuma que había quedado en ellos. Detuvo brevemente la mirada en el folio escrito y levantó la vista hacia el techo para, seguidamente, pasar revista a toda la cafetería sin detenerse en ningún lugar especial.

Ahora sonaba “El invierno” de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi… como aquel otro invierno de su niñez cuando iba montado en la yegua con Julia camino a Cil. Después de otro sábado de mercado en la Plaza Mayor, en el que Julia vendía unos huevos, conejos, pichones y algunos kilos de garbanzos, ya anocheciendo recogía y montaba en la yegua, que había quedado estabulada todo el día en casa de la señora Ricarda, después de haber colocado delicadamente en las alforjas dos botellas con aceite y un bacalao que había comprado en la tienda de ultramarinos cercana. Los trancos acompasados de la caballería le repercutían en las nalgas, al vestir pantalón corto, que rozaban con las alforjas y se le irritaban, y el tapabocas que abrigaba del relente y del frío que parecían caer de un cielo estrellado, le acompañaban en el camino para más aventuras en Cil: La llegada y entrada por el gran portalón que daba al corral y que iluminaba Delfino con un farol levantándolo por encima de la cara para evitar tropezar con el carro; la bienvenida con pequeños saltos de los perros, como invitándole a que bajara de la caballería; el mugir de las vacas en la cuadra y el silencio en la de las ovejas… El pequeño corredor sujetado por las columnas de madera que les servían a las vacas para restregarse el cuello; o las cajoneras colgadas en la pared que eran nido para las palomas... y los sacos vacíos y apilados en espera de utilizarse para llevar el trigo o el centeno al molino.

-          Otra cerveza? –le preguntó la camarera.
Levantó la cabeza que tenía inclinada sobre el papel y, aún abstraído, miró la copa vacía y el reloj de pié para comprobar la eternidad que había transcurrido y se dirigió a la camarera:

-          Otra cerveza, por favor.

sábado, 24 de enero de 2015

Filosofía rural.



La silueta de la cuadrúpeda rompía para Fidel la monotonía y el encanto de la era, sentado en  uno de los poyos colocados a la puerta de la casa, mientras observaba el verde que traía la nueva primavera. La era había sido testigo de muchas convivencias aldeanas en los periodos veraniegos de recolección, de término de acarreos con centeno y trigo para la trilla; y también de algunos montones preparados para desgranar, golpeando con un mazo de madera, las alubias, los garbanzos y las lentejas que contribuían a la economía de subsistencia en los hogares.

Aquella burra, casi tan grande como un garañón, era un símbolo del saber y pensar rural; no por ella misma, lógicamente, sino por la relación de dependencia de su amo, de Fidel.

Fidel era taciturno, callado, morugo. Su aspecto físico y sus reflexiones podrían haber servido para reinventar a Sancho Panza. Era pragmático y desconfiado. Ávido de lecturas, devoraba cualquier papel impreso que pasaba por sus manos. Releía los periódicos atrasados, pero actuales para él,  que le había surtido Don Braulio, el cura, y que amontonaba en un rincón del  escaño en la cocina. También escuchaba con atención las noticias que pregonaba la radio, también en la cocina, colocada sobre una repisa vestida con puntillas, al lado de la alacena; e increpaba y pedía silencio a los presentes para atender al locutor que relataba en “El Parte” de Radio Nacional los aconteceres de la vida que ocurrían a kilómetros de distancia. Aquellas noticias impresas y habladas, que analizaba en su dimensión vital, en su entorno, constituían para él la base que le llevaban a establecer unas observaciones muy subjetivas, pero que se volvían objetivas valorando al escenario vital de Fidel.

Las horas que pasaba sentado en el poyo, reposando su barbilla sobre las manos que sujetaban las cachas que le ayudaban en su cojera,  la boina caída ligeramente sobre su frente y la mirada perdida viendo sin mirar la era con las montañas en el horizonte, ambientaban su espacio para la reflexión.


Y Fidel sonreía picaronamente, sin modificar su postura, cuando se acercaba el sobrino que llegaba de la capital a saludarle y pretendía imitar su retranca con algún comentario de actualidad, que era motivo para que Fidel comenzara a interrogarle sobre las aconteceres capitalinos que contrastaba con las vivencias rurales y concluía que no tenían atractivo suficiente para cambiar la comodidad del poyo rural por el sillón capitalino, la era por cualquier plaza de la Capital o la burra por un automóvil.


martes, 11 de noviembre de 2014

Un personaje





-          Buenas tardes, Don Aurelio. ¿Uno con leche, como siempre? - preguntó la camarera.

Movió la cabeza afirmativamente mientras se sentaba en la silla arrastrándola hacía la mesa y repasando con la mirada el ambiente que le rodeaba deteniéndose brevemente en los altavoces.
Se ajustó las mangas de la chaqueta y colocó sus brazos sobre la mesa adoptando una postura de espera a la camarera para cuando llegara con el café con leche habitual. Volvió a repasar con la mirada la cercanía de aquella mujer mayor y del hombre maduro que se sentaba siempre al lado del ventanal.

-          Su café con leche, Don Aurelio -. Él se limitó a mirarla con una sonrisa de asentimiento para preguntarle a continuación
-          ¿Qué compositor nos va a acompañar hoy?
-          Haendel, durante toda la tarde - contestó ella.

A Don Aurelio le ponía siempre un azucarero con azúcar moreno en lugar de sobrecitos. No era maniático, era parte de su ritual: llenar la cucharilla con los granos y darle unos pequeños toques sobre el recipiente de loza con el fin de no desparramar ni un grano en el trayecto hasta la taza del café; la medida invariablemente eran dos cucharillas.

Hubiera preferido a Brahms, su estado de ánimo lo hubiera agradecido; aunque el Concerto Grosso de Haendel que sonaba en aquel momento también le agradaba. Con parsimonia, como si se tratara de un ceremonial, acercaba la taza hasta los labios que apenas los humedecía y luego los saboreaba con la punta de la lengua haciendo una inclinación de cabeza con el que daba conformidad a su sabor.

Y pasada media hora haría un gesto con el brazo levantado a la camarera que, sin mediar pregunta, se dirigía a la cafetera para prepararle otro café con leche. Don Aurelio notaba la falta de fumarse un cigarrillo entre uno y otro café; “absurdas normas de salvadores de cuerpos y almas”, repetía con frecuencia.

El segundo café lo esperaba con la espalda totalmente recta apoyada sobre el respaldo de la silla; en ocasiones lo esperaba con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. En aquel trance la camarera se limitaba a retirarle la taza usada y dejarle el nuevo café humeante sin que mediara palabra. Y ante el ruido de la silla al levantarse la señora mayor, abría los ojos y sin cambiar la expresión le hacía una leve inclinación de cabeza respondiendo a la despedida callada pero expresada con una sonrisa de aquella mujer.

Ya entrada la noche, se colocaría la bufanda anudada al cuello y abotonaría el abrigo levantando la solapa para salir de la cafetería y volver a recorrer las calles antiguas que le llevarían una vez más hasta su vieja y fría casa que, sin embargo, tenía calor de hogar.


¿Personajes en busca de autor?



       - Sí, por favor;  me pone un café cortao – dijo a la joven camarera.

Acababa de sentarse y colocaba la parka en la silla de al lado. No había hecho intención de entrar en la cafetería y era nuevamente el impulso inconsciente de entrar en aquel espacio, de vivir aquel ambiente. Su luz tenue provocaba placidez, sosiego; una luz que iluminaba la cubierta de cristal del mostrador, que cubría diferentes y antiguos objetos que le hacían revivir tiempos pasados, tiempos de juventud: Una caja de cerillas, un paquete de tabaco Cuarterón, como aquellos que traía Ovidio cuando hacía la mili en Ceuta; una carátula algo rota y sucia de disco “Yellow submarine” de The Beatles, un trompo, una cajita metálica…También sonaba la música que, una vez avanzada la tarde, pinchaban con compositores clásicos del renacimiento que le trasladaban a otro mundo…

Con la liturgia habitual, agitó la bolsita del azúcar y la rompió por la esquina para verter con parsimonia los granos blancos sobre el café. Y revolvía el café mientras miraba una vez más aquella pintura, aquél cielo gris sobre el mar con olas embravecidas que le habían llevado en algunas ocasiones a adentrarse en el cuadro para ir más allá… El reloj de pié que dejaba oír sus tic-tac en los pianísimos de la obra musical; o las campanadas pausadas del carillón, que se integraban como de un instrumento más de la orquesta en el concierto que sonaba en ese momento.

Le gustaba la mesa al lado del ventanal y, como la visita era habitual en la misma hora, parecía que existía un pacto no escrito para que la encontrara siempre vacía, como esperándole. Al lado, aquella mujer mayor, siempre con el mismo abrigo gris de muchos años y un bolso de charol con aristas muy marcadas, desgastadas; y un pañuelo con dibujos oscuros que le cubría la cabeza. Siempre sola y siempre una manzanilla. No tenía prisa para acabar de sorber la infusión y tampoco miraba a otro lugar que no fuera la taza. Al marchar siempre se despedía con un adiós y una sonrisa.

No, no estaba dormido. Su cuerpo corpulento de muchos años, recto sobre el respaldo de la silla, no indicaba que su rostro adusto y el permanecer con los ojos cerrados fuera síntoma de estar dormido; más bien estaba hipnotizado, en trance. La hora de llegada y un café con leche eran habituales. Y también la misma mesa, en el mismo rincón de la cafetería, como buscando refugio, resguardo para su soledad. Había momentos en que ponía su codo izquierdo sobre la mesa y sujetaba la cara con la mano mientras los dedos de la mano derecha, que extendía sobre el mármol de la mesa, acompañaban el ritmo de la música con pequeños golpes.

Una pareja de mediana edad se acababa de sentar en la mesa cercana a puerta, sin reparar si había algún otro sitio vacío, como buscando que un tiempo anodino quemara minutos de vida y que tuvieran cercana la salida para huir. A requerimiento de la camarera ella pedía un refresco, cualquiera, y él un café con leche fría. Ella se entretenía en mirar las personas que veía pasar por la calle a través de las puertas de cristal, y él mirada una y otra vez las lámparas que pendían del techo, la barra, las otras mesas… Tampoco parecía interesarles la música que en ese momento sonaba, y la única conversación entre ellos fue “vamos”.

E imaginaba las historias de vida de aquella anciana en sus espacios de subsistencia diaria, con la que la única conversación que mantenía era la devolución de una sonrisa cuando se despedía. O la soledad buscada del hombre que se refugiaba en la esquina… La muerta vida de aquella pareja… Eran historias concebidas por él; pero la realidad…
Recordó la obra teatral que había visto en su juventud, “Seis personajes en busca de autor” de Luigi Pirandello, y se sintió un poco autor para aquellos personajes reales con vidas que ocupaban su imaginación.  


Y aprovechó los últimos compases del “Largo (de Xerxes)” de Haendel para despedirse de la camarera con un “hasta mañana”.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ese sello de Correos...




Te asedian con celuloides, fotografías, reproducciones que quieren producir sensaciones, que te incitan a vivir más…

…pero siguen siendo algunos de esos pequeños sellos, que ensalivados y pegados a un sobre con dirección en cuidada caligrafía por la que adivino quién lo remite, los que excitan mis emociones de vida pasada y presente.

Y cuando, entre la correspondencia comercial retirada del buzón, encuentras un sobre con ese sello encuadrado con esmero, te produce un vuelco el corazón y adivinas la liturgia del ser querido que remite: Recoger las cuartillas guardadas con pulcritud entre las páginas de un libro, siempre el mismo libro; quizás una de las estilográficas que tiene alojadas con innumerables bolígrafos y lapiceros en el tarro que está en la repisa de la salita…
El respirar profundo mientras se inclina sobre el papel en blanco y escribe “Querido” con un trazo en la letra que transmite su palpitación…; y, por fin, un “Te quiere…”
Y buscará en el cajón del aparador la cartera de mano donde guarda los sellos y elegirá con mimo aquél cuyo tema se ajuste al parabién o la confidencia relatada: Una flor, una tradición, un paisaje, un cuadro…

Los colores cálidos de la reproducción, ese sello de Navidad ya me anuncia deseos de dicha, sosiego y afecto.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Cartero Rural



Fue un pequeño cuadro con escena de campo veraniego en siega y acarreo de mies, una miniatura que estaba colgada en aquel enorme portal -mitad zaguán, mitad patio- de un no menos gran caserón, el que transportó mis recuerdos a aquellas vacaciones infantiles en Villatriz reviviendo rincones, tipos y escenas en blanco y negro. Sentí una agradable nostalgia y quise soñar en color...
Pero Don Pedro, el cura, ya no espera en las mañanas de verano, después del “ite, missa est” y refugiado a la sombra de la parra que cubría la entrada de la casa rectoral, la llegada de Celestino, el Cartero. Todos los días Celestino, a lomos de su burra, con la boina calada hasta las cejas y la valija de cuero colgada en bandolera, le entregaba al reverendo con una pequeña venia las noticias urgentes del periódico de la provincia, aquél Diario que servía de guión para la tertulia con el veraneante capitalino y el veterinario.
Tampoco Dolores, la viuda de Inocencio, escudriña tras los amarillentos visillos de la ventana de la cocina la presencia de Celestino delatada por el sonido rítmico de las pisadas del cuadrúpedo; y es que para Dolores, aquel esperado sobre con caligráfica dirección filial y matasellos alemán, suponía frustración si la burra no se detenía o ilusión si oía a Fidel gritar su nombre.

Hoy, Don Pedro recorre con prisa los titulares de prensa en la Residencia clerical y capitalina, y reparte cuatro misas dominicales para vivos y difuntos en pueblos del alfoz. Ya no hay escuela; y en el Camposanto, cerca de la tumba de Dolores e Inocencio está la de Celestino.
Pero en Villatriz los veranos se siguen vistiendo de amarillo y los inviernos, a veces, de blanco.
Ahora es Miguel, “Miguel el Cartero”, quien llega todos los días en coche desde la capital con el periódico para Don Arturo, el jubilado de banca que inmigró para intentar recordar en cada rincón de Villatriz una infancia feliz. Y Teresa, como Dolores, también espera con ilusión las noticias de su hija becaria en Erasmus francés; y para Gumersindo las revistas del campo y la publicidad de maquinaria agrícola y de piensos enriquecidos...
Hoy en Villatriz no se oye la cornamusa, ni el sonido rítmico de los trancos de la burra de Celestino; pero para Arturo, Teresa y Gumersindo el rugido diesel del coche de “Miguel el Cartero” les anuncia la visita diaria de las noticias urgentes sin prisas, la esperanza del sobre con matasello francés o los nuevos precios de los piensos.

lunes, 6 de julio de 2009

UNA CARTA SIN SELLO PARA CRÉMER



Revolví en la estantería del pequeño estudio, rodeado de los amigos de letras y pentagramas que participan de penas y alegrías; donde estás feliz en soledad buscada con cómplices de días contados. Aquella joya mía no tenía que estar enterrada entre otros muchos autores olvidados en las estanterías.

Y no fue necesario que transcurriera un tiempo ganado por compases de adagios de Beethoven para volverme a encontrar con el único libro de poesía –confieso- en el que me he recreado: “El cálido bullicio de la ceniza”.

Algún día de mil novecientos noventa me produjo un vuelco el corazón al encontrar en el buzón del portal un envío que remitía Victoriano Crémer. Fue la misma emoción (¿hoy está de moda este sentimiento o aún mal visto?) que me producían las direcciones y remites manuscritos de las cartas de amores juveniles. Y en la primera hoja de aquel, de este libro, la cariñosa dedicatoria del amigo.
Era un reto tener entre mis manos un libro de poesía del amigo; debía leerlo, disfrutarlo.

Lo ojeé y vi que el compendio de poesías iban dedicas a su mujer: “A Currra, muerta y resucitada todos los días”.
Y, hoy, los primeros versos de “El cálido bullicio de la ceniza” me trasladan al impacto que me produjo la noticia al enterarme de su muerte por un periódico nacional mientras solazaba sobre la arena en una playa asturiana.

“Ni siquiera adiós, esa calida voz que recogemos
de los abajos del alma.

De haber asistido a tu agonía
hubiera intentado hablarte o simplemente
prender en tu corona de muerto esa palabra,
esa calida voz: -¡Adiós! ¡Adiós!- repetida
como respuesta a tu mirada húmeda
de muerto con el agua al cuello, con el agua
hasta los ojos. –Nada puedo hacer por ti,
lo siento…!”


Tienes la sensación de morir también un poco.

Y vuelves a recorrer mentalmente aquellos espacios de antaño en este León compartido, vivido con los que han muerto. Con aquellos que comunicaron con Crémer en actividad periodística de esta ciudad provinciana que producía noticias y crónicas de aconteceres sin trascendencia que, sin embargo, constituían categoría en la vida cotidiana del paisanaje urbano y rural.

Pero vuelves a revivir leyendo más versos:

“Hubo un tiempo en el que los poetas
hablaban el lenguaje del pueblo (“¡esa entelequia!”),
y el pueblo se admiraba y conmovía
sintiéndose entendido y transferido
hasta que alguien gritó: -No es bueno
que el pueblo (“¡esa entelequia!”) tenga lenguaje propio,
es un peligro para las instituciones programadas.”

miércoles, 10 de junio de 2009

Muchas horas contadas.





Tener necesidad de expresarte, de contar cosas y enfrentarte a un folio en blanco, a la pantalla del ordenador, angustia.

Sin embargo reconforta, tranquiliza y valoras el tiempo y la soledad buscada mientras utilizas algo de lo más preciado en el hombre: La imaginación. Y pones una palabra tras otra, mientras te acompañan los compases de algún compositor ruso o centroeuropeo.
Recuerdas otros tiempos con memoria afectiva.

Evocas aquél salón en casa de la abuela, zona de paso y partidas de julepe en una gran mesa camilla con hogareño brasero en invierno, tapete y ceniceros que sus hijos se encargaban de atiborrar de colillas de cigarrillos, de tabaco de picadura, confeccionados primorosamente a mano. Aquella habitación de vivienda de capellanía incrustada en el enorme edificio del Hospicio, refugio obligado de un batallón de rapaces al cuidado de monjas con unas grandes cofias almidonadas.
Chavales con una infancia en comunidad obligada por vergüenzas sociales, perdonadas al haberles depositado en un torno hospiciano y discreto, que les había servido por unos instantes de cuna en el traspaso a las manos de alguna religiosa de turno.

En aquella estancia, colgado de una de sus paredes, un gran cuadro de la Familia Sagrada era el testigo de los innumerables nietos que visitaban con frecuencia a la abuela y al tío cura.
Y al lado de aquella pintura, el reloj que, en los silencios del cuarto, dejaba oír los segundos que marcaba el pequeño péndulo; y su carillón, que era cantarín y ágil anunciando las horas. Siempre, su última campanada dejaba suspendida durante unos segundos una resonancia en el ambiente que me envolvía.
Su mecánica, perfecta; sin embargo -me lo parecía- los tonos me sonaban distintos en verano, más alegres y ligeros, que en invierno, en el que sentía un ritmo más grave y lento.
Y las incrustaciones que adornaban el entorno de la esfera me recordaban los diferentes colores de los envoltorios de los caramelos con que nos obsequiaba el tío cura; en algunas ocasiones, aquellos embalajes no lograban impedir que restos de picadura de tabaco se unieran al dulce con el que habían compartido espacio en el bolso de su sotana.

Hoy, en una salita de caserón antiguo, este reloj continúa vivo, con más silencios, mimado por las manos de una hija de la abuela.

sábado, 17 de enero de 2009

El monaguillo




Una galleta como premio, detraída del ágape matinal de mi padre, era la promesa diaria de mi madre y el estímulo suficiente para abandonar el confortable rebujo del colchón de lana, las calientes mantas y a mi hermano, calefactor compañero de sueños diarios. Mis seis años y otra mañana más; quizás un martes. Madrugada oscura y fría de un febrero del cincuenta y...

La luz tenue que desprendía la bombilla a través de un plafón de cristal adornado con bajorrelieves de frutas, iluminaba lo suficiente la pequeña habitación para que, con movimientos rutinarios me introdujera en el pantalón corto -sin bragueta- que me obligaba a orinar buscando el pito por la pernera; a ajustarme los tirantes sobre una camiseta de felpa menguada de mangas y talle por los muchos lavados y el paso del tiempo; aunque una camisa y un jersey gris heredados de mi hermano compensaban la parquedad de la prenda interior. Y completaba el atuendo con calcetines largos de lana, que descansaban desde ayer a los pies de la cama, sujetos con pequeñas ligas disimuladas con dobleces, y los zapatos negros con motas marrones de barro.
La continencia nocturna me empujó precipitadamente al water.
- Mea dentro -, fue la recomendación de mi madre ante la potencia con que se descargaba mi vejiga.
Ya de puntillas, frente al lavabo, logré mojar con un agua olvidada del calor del termo de una cocina económica las palmas de las manos que inmediatamente acariciaron las mejillas al tiempo que me estremecía y resoplaba. Con los ojos cerrados, tanteé en busca de la toalla y encontré las manos de mi madre que me orientaron de nuevo hacia el grifo.
- Con jabón; las legañas, las orejas...
Me atusé el pelo rebelde con el peine y la mano, sobre todo el flequillo que apuntaba siempre hacia delante. Dos ágiles botes ante el espejo para contemplar aquella obra me mostraron la misma raya quebrada de todos los días.



Don Julián, que tenía la misa de siete y media, no esperaba.
Era canónigo grueso, de sotana con brillos en codos y bocamangas, amen de otras lámparas diseminadas por la negra geografía de la sotana que harían innecesario encender las dos velas de la capilla de la Virgen; remataba su oronda figura y cubría su escaso pelo con un bonete de puntas raídas y color casi negro; pero el amito, el alba, el cíngulo, la estola, el manípulo y la casulla daban prestancia al Reverendo en la gran Basílica románica, impregnada en aquella hora de penumbra y sombras que se agitaban por el flamear de alguna vela en espera de liturgia.
Mi presencia en la sacristía le hizo volver ligeramente la cabeza al tiempo que intentaba alcanzar con una mano por la espalda el cíngulo que pendía de la otra. Me acerqué solícito y, después de tres intentos en los que le arrimaba el cordón hasta que tocaba sus dedos y se lo retiraba disfrutando con la agitación de su mano, logró ceñirse y remangarse un poco el alba. Mi ropón granate, que era comparable a una puesta de sol veraniega con un cielo sembrado de estrellas por las muchas pintas de cera de vela que se habían incrustado en la apretada lana, completado con un roquete con pruebas delatoras de vinajeras escurridas, perfeccionaron la procesión litúrgica camino del altar. Había que atravesar la pequeña capilla del Cristo, un Crucificado de tamaño casi real, rodeado de una oscuridad fantasmagórica, que me hacía apurar el paso y mirar de soslayo esperando que, en alguna ocasión, aquella figura se quejara o moviera.
- In nómine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. Introibo ad altáre Dei -, rezó Don Julián seseando y esparciendo pequeñas motas de saliva sobre la mesa sagrada.
- Ad Deu mmnim mea -, contesté regulando la voz para que no se notara que solo sabía el comienzo y el final; aunque más complicado aún me resultaba rezar el “Confiteor”: con la cabeza inclinada y el fiador del roquete retozando entre mis dedos, mascullé palabras ininteligibles durante más tiempo para terminar con un “. . .Deum nostrum”.
Mientras el clérigo leyó la epístola, yo volví la cabeza para controlar si estaban las “Lalitos”, dos hermanas solteronas asiduas a la misa de Don Julián, retocadas con velo -por supuesto- y misales que dejaban ver sus cantos dorados. Sí, estaban allí, arrodilladas en reclinatorios individuales como signo de distinción. Pero un carraspeo y la mirada de Don Julián me recriminaron la distracción al tiempo que señalaba el misal porque era el momento del evangelio; es decir, la odisea diaria para el cambio de derecha a izquierda en el altar del atril con misal incluido. ¡Qué atril y qué misal!, debían pesar una arroba: De puntillas lo arrastraba y recogía con gran dificultad, lo transportaba con apurado equilibrio entre los brazos y la cara, y lo depositaba al otro lado con empujones de mi cabeza.
A continuación empezaba el movimiento: un viaje con las vinajeras para -de nuevo de puntillas- servir vino, hasta que Don Julián, con un pequeño golpe del cáliz contra la pequeña vasija, indicara que era suficiente, aunque aquello debía ser un acto reflejo de Don Julián porque yo le vaciaba casi por completo el contenido y, por lo tanto, me quedaba siempre muy poco para escurrir la vinajera del vino de misa, una vez acabada la misa y ya de vuelta en la sacristía; y el agua para el lavatorio de manos, que debía estar tan fría como la de casa porque el reverendo solamente me dejaba mojarle las puntas de los dedos. Genuflexiones, la palmatoria encendida al lado de los corporales, toques de esquila en la consagración al tiempo que le levantaba la casulla hasta.., -dependía del día-, y a prepararse para darle la comunión a las “Lalitos”. Armado con la bandeja y la palmatoria, me acerqué con Don Julián al reclinatorio donde esperaban ya las hermanas.
- Corpus Cristi. ¡Menos pintada, menos pintada! -, le increpaba el cura al depositar la Hostia en la lengua de la más joven, que se había pasado de carmín en los labios y en ese momento el mismo color del pintalabios se le extendió por toda la cara que cubrió inmediatamente con sus manos.
- Corpus Cristi. ¡Más tapada, más tapada! -, requirió a una feligresa nueva, a la que se adivinaba un pequeño pico de escote en el cuello de una blusa negra. El color del carmín de la joven “Lalitos” se trasladó también al rostro de la infortunada, a la que no volví a ver en la misa de siete y media. A Don Servando no le dijo nada, pero yo me entretuve en rozarle la nuez con la bandeja mientras él esperaba la Hostia con el cuello estirado y la boca abierta.
Recogió Don Julián el cáliz, la patena y los corporales, y yo volví a comprobar el fondo de la vinajera del vino.
- Dóminus vobiscum.
- E cumpiritu tu - respondí.
- Ite, missa est.
- Deo gracias -, contesté ya ufano y con total claridad.

martes, 6 de enero de 2009

Recuerdos de "DIARIO DE LEON"



Mi recuerdo de una infancia feliz en los años cincuenta, rodeado de trabajadores del periódico regional católico «DIARIO DE LEON», de 80 céntimos el ejemplar, en la calle Daoíz y Velarde, que fueron testigos y relatores de la historia de esta provincia.


En aquella mañana radiante de verano, mis seis años y el gran patio de casa habían agotado las fantasías de un endeble triciclo rodeando el pozo, agachándome bajo el lilar y esquivando con las ruedas traseras la maloliente alcantarilla.
Aparqué al lado de las escaleras del sótano y restregué mis manos por el baby de pequeños cuadros blancos y rojos.
—¡Madre, madre!
— ¿Qué quieres ahora? —respondió mientras se asomaba a la ventana.
—Voy al Diario.
Sin esperar alguna recomendación, salí corriendo a través del amplio portal, antaño refugio de carruajes, y desemboque en la plaza. A mi derecha, San Isidoro, con atrio de verjas y con Don Julio —el Abad— paseando, al que ayudaba a misa y me prometía el Obispado de Astorga. Enfrente, la gran Cruz con una especie de altar, que llamaban «de los Caídos», y a fe habían acertado con el nombre, porque nuestros huesos median con frecuencia las losas que adornaban el suelo. «El Leonés», la calle Descalzos. Un gran corralón de empedrado y tapiales: San Guisán, donde habían estado los franceses; Santa Marína la Real, la barbería, la imprenta Rubí, el zapatero «Rápido», los ultramarinos, el estanco y la pescadería con cortinas de trozos de bambú que servían de arpa a mis dedos. El colegio Ponce.
Ya estaba cerca. Dos azotes a modo de fusta y un ritmo de trote marcado por los pies me plantaron frente a la puerta del DIARIO DE LEON. Volví a manosear el baby en un intento de liberar los restos de adobe y grasa que había acumulado en la travesía.
Entré y, a duras penas, alcancé con mis manos el mostrador, encaramándome hasta que mi barbilla lo rozó y vi a Fani a través del ventanuco.
—iHola!, fue mi saludo.
Aquella voz infantil y familiar no inmutó a nadie.
Entré en la administración y, ante la indiferencia de todos, me acerqué a mi mesa favorita repleta de papeles, lapiceros, un tintero y plumas de palo armadas de plumines relucientes y tentadores en búsqueda de dianas por el suelo de madera, experiencia que ya había ocasionado calentura en mis nalgas. Pero al lado estaba mi último descubrimiento: Un tiovivo del que pendían sellos de caucho y hacía girar con mis pequeños dedos.
— ¿Está mi padre?
— ¡Deja eso! —ordenó Fani con cariño—.
Ya sabían que estaba allí.
—Leoncio, enséñame el mapa.
Siempre me llamaba la atención aquel mapa: Era tan grande como el de la escuela, pero con un dibujo diferente y estaba lleno de banderitas de alfiler clavadas en unos puntos negros que tenían letras al lado.
Leoncio levantó la vista de un libro muy grande lleno de cuadraditos, dejó arrastrar la silla mientras se levantaba, y aupándome en sus brazos me acercó a aquel ejército de alfileres desperdigado entre líneas y nombres. Mi dedo se desplazó entre ellos y- se detuvo.
— ¿Cuál es éste?
—Ponferrada —contestó complaciente—.
- ¿Y éste?
Mi dedo se había detenido y a Leoncio le apareció aquella sonrisa pícara que no era nueva para mí.
—Cebrones, —susurró—.
—¿Cómo?, —grité—.
—Ce...bro...nes—, deletreó en sentido ascendente.
Un ruido fuerte hizo volverse a Leoncio que, aún conmigo en los brazos, vimos cómo la silla de Maruja había perdido el equilibrio, estrellándose contra el suelo, y ella, con dificultad, la mantenía agarrada al archivador y la mesa. Su rostro reflejaba una mezcla de reproche y susto.
—¡Leoncio! —musitó—.
Un guiño de complicidad y amago de azote de Leoncio dieron de nuevo alegría a mis pies que se dirigieron hacia el taller.



Era aquel local como una cueva: Suelo y paredes negras con unos pequeños ventanales a un patio de luces. En medio, la rotoplana, rugiente, como un monstruo cosido al suelo y con movimiento acompasado de locomotora varada en las vías. Su traqueteo obligaba a cajistas, ajustadores y linotipistas a entenderse a voces.
Me acerqué a ella sin miedo, pero con inquietud y sin que las chicas, que pegaban unos pequeños papeles con direcciones en los periódicos, me perdieran de vista. De cuclillas, observé cómo Manolo revolvía en la barriga del bicho entre rodillos y planchas llenas de letras de plomo. Dirigió hacia mí sus manos embadurnadas de tinta y grasa en un gesto similar a las brujas de los cuentos, esperando una reacción de sobresalto; pero, sin inmutarme, me incorporé dirigiéndome hacia Juanito, el de la lino...
—¿Te acuerdas cómo se llama?
—Lino..., linotapia —contesté ufano—.
—Linotipia. ¿Qué quieres?
—Que me hagas el nombre.
—¿Otra vez?
—Me lo perdió mi hermano.
Tecleó y empujó hacia arriba una pequeña palanca deslizándose de inmediato la placa de estaño que quedó depositada en perfecta alineación con las correspondientes a las noticias de los sucesos. Mi precipitación por ver el resultado milagroso hizo que la tirara al suelo con un ¡ay!, a la vez que sacudía y soplaba mi mano.
—Quema. Nunca aprenderás, dijo Juanito.
Angel, que se encontraba colocando en una regleta letras para un titular, se agachó solícito a recogerla, la untó con un poco de tinta y la estampó posteriormente en una amarillenta hoja.
Atravesé el pequeño patio para subir a la redacción. Pero allí, ante mí, junto a la escalera estaba mi castillo: cinco enormes rollos de papel esperando ser deglutidos por la rotoplana.
Al segundo intento logré trepar hasta las almenas, a la vez que dejaba marcadas las huellas de mis zapatos en la blanca superficie. De pie, sobre la torre, miré en todas las direcciones y... ¡otra vez los moros! Me deslicé por el interior que formaban las bobinas sin reparar cómo saldría una vez concluida la batalla. Lancé flechas y algún disparo de escopeta hasta que la mira de mi dedo pulgar se detuvo ante una figura negra: Era don Filemón de la Cuesta, el director, cura de constitución pequeña y gruesa, ataviado de manteo y teja.
—Y ahora ¿cómo sales?, —fue su bonachón saludo—.
—Dígale a Leoncio que me saque.
Liberado de mi trampa, abordé las empinadas escaleras y traspasé la puerta del último rellano. Allí estaba el perchero de árbol del que colgaban una chaqueta, dos dulletas y el sombrero de mi padre.
Empujé lentamente la puerta de la redacción, al tiempo que asomaba la pequeña cabeza con una doble sensación de respeto y miedo reverencial.
—Pasa.
Aquella invitación, acompañada de una sonrisa, venía de don Antonio González de Lama, cura de sotana con algún adorno de ceniza despistada de su cigarrillo amasado con hábiles dedos y que sujetaban permanentemente sus labios gruesos.
Sentado, a su lado, estaba otro cura —ya eran tres—, don César Trapiello, el tío César, que miraba embelesado el carro de su máquina de escribir, negra, de teclas redondas con cerquillo dorado.
—Hola, tío.
Tardó en reaccionar. Aquel saludo le debió parecer salido del fondo de la «Continental». Pasó su mirada por el folio, el carro y las teclas e instintivamente deslizó su mano por el bolso de la sotana, al tiempo que se volvía hacia mí.
—Ah, eres tú.
Entre sus dedos apareció el caramelo esperado. Quité el envoltorio y limpié los restos de picadura de tabaco que el dulce había robado a las cajetillas que le acompañaban en aquella faltriquera sotanil.
Me acerqué a los dos teletipos, que repiqueteaban sin cesar, porque allí, de pie, Marcelo revisaba con atención las líneas que, con ritmo acompasado, aparecían impresas en papel continuo que se amontonaba en el suelo.
—Padre, ¿me das tubos?
—Espera.
Unas tijeras grandes, de sastre, le sirvieron para seleccionar partes de aquella tira sin fin, que depositó junto a su máquina de escribir.
Me cogió de la mano y nos acercamos a una estantería repleta de libros, periódicos atrasados, otros de tirada nacional, fotos de agencia, papeles, rollos inmaculados esperando ser víctimas de los ávidos teletipos y, al fin, los despojos de los mismos: Los tubos, mi objetivo en la aventura. Me servirían para plantarlos, como si de bolos se tratara, en el pasillo de casa, aunque más estrecho y menos largo que la era de Villacil.
Sonó el teléfono.
—Marcelo, te llaman del Ayuntamiento.
—Anda; vete para casa.
Me encogí de hombros y con un tímido «adiós», salí de la redacción.
Ya me había acostumbrado a las ausencias de mi padre por las Permanentes del Ayuntamiento, de la Diputación; los accidentes recogidos en la Casa de Socorro, los pleitos que resolvían los Juzgados, las denuncias presentadas en la comisaría, los partes de Orden Público en el Gobierno Civil, las inauguraciones, los actos de los jefes locales y provinciales del Movimiento, los resultados de la Cultural; en los días de feria: El precio del trigo, la lechuga y los terneros; algún accidente ferroviario ocurrido de madrugada y el teléfono negro colgado de la pared de la salita de casa:
—Señorita, quiero una conferencia de prensa para corresponsal... Agencia Efe ...2754000 ...aquí León...
Mi aventura había concluido.
La de ellos, los trabajadores del DIARIO DE LEON, continuaba hasta que el Correo de la tarde llevara aquellas noticias urgentes, pero sin prisas, a todos los rincones marcados con un alfiler en el mapa de la administración. Hasta que en la Calle Ancha, la de La Rúa o el Jardín de San Francisco se hicieran eco de la noticia atrayente, pregonada a voces por el vendedor del Periódico Regional Católico:
—«El obispo detrás de Gilda».

domingo, 28 de diciembre de 2008

Fantasía fotográfica




Otra tarde de sábado otoñal, triste, melancólica, quizás depresiva. La “Fantasía para un Gentilhombre” era un complemento idóneo para contemplar a través de la ventana los tonos grisáceos de un cielo inestable, los trazos difuminados de un paisaje en la acuarela de la pared, o esa fotografía que, aunque pequeña en tamaño, obtiene la panorámica y profundidad de un mirador.
No acabo de comprender la fascinación por ese rectángulo en blanco y negro, bastante manoseado y con pequeños dobleces, que me ha movido a colgarlo de la pared entre dibujos, retratos familiares y una guitarra.
Esa fotografía, esa calle... Una simple calle de aceras a derecha e izquierda, encintadas en bloques de granito que, con gran dificultad, guardan paralelismo entre ellas. Una calle de mi ciudad en los años cincuenta con calzada de canto rodado brillante de humedad nocturna.
Un deseo irrefrenable me empuja a recorrerla, a buscar las sensaciones del ayer, hoy; un paseo detenido en el tiempo, una fantasía de aquella realidad.
Y así, mi indiscreta presencia, hace que se cierre sigilosamente una de las hojas de la gran puerta del viejo palacio, delatada por el chirriar de sus goznes desgastados; perdido su linaje, se ha convertido en caserón de vecindad con orgullosa balconada de hierro corroído y escudo desgastado por la historia invernal de nieblas y heladas; fachada calzada de piedra de cantería y revoque ajado que descubre vigas, tapial y adobe. Un pequeño ventanuco con discreción de visillo apolillado y cuarterón, que a duras penas permite traspasar la débil iluminación de la estancia.
Enfrente, modesta, y como mujer embarazada por lo irregular de sus paredes cansadas del tiempo y los deficientes materiales, una casa con dos ventanas enrejadas y un pequeño portal en el que se amontonan urces, carbón y el trasiego bullicioso de chiquillos; y en la planta superior, un balcón adornado de geranios desnudos y un pequeño tendal de ropa infantil olvidada. Olor a refrito, a sopas de ajo con unto.
Como puente entre las dos construcciones, un endeble cable soporta un platillo de porcelana -ocasional diana de la rapacería- que a penas dispersa la luz tenue de una bombilla parpadeante por el movimiento descompasado de la brisa fría de la noche.
Una tapia vecina, descarnada por la lluvia y el descuido, permite a las ramas flacas de un castaño centenario asomarse indiscretas y atentas a los movimientos que, al fondo, desembocando en la plaza, mantienen los dos hermanos vinateros, que se afanan con diligencia en descargar tres pellejos de vino y dos cuartillos de orujo de un carro, ausente de caballería y armado con pernillas que mantiene el equilibrio con tentemozos delantero y trasero.
Al otro lado, haciendo esquina y mas cuidada, una casona de aire solariego, cuyo único indicio de vida es el de una moza en el zaguán que con pañuelo a la cabeza y delantal agita con ritmo acompasado de abanico veraniego el despertar de unos trozos de cisco, cuidadosamente colocados en el brasero, que calienten una velada de camilla y solitario. Rezuma a clérigo: canónigo u obispo emigrado. A través de los relucientes cristales de sus ventanas, e iluminado por una lámpara de araña de cuatro brazos se puede contemplar un despacho con gran mesa de nogal tocada de tapete de cuero verde sobre el que ha quedado marcada la peana de un crucifijo de plata; un juego de tinteros con pluma de ave y una Biblia, abierta decorativamente con ilustración seudo gótica, que reposa sobre un atril. El sillón, casi papal, y una estantería de arcos venecianos que recorre toda la habitación repleta de libros encuadernados en diferentes pieles y colores.
Llanto lejano e impaciente de un niño, y un bolero en vaivén de ondas metálicas de una radio.
Actividad y quietud.
Nostalgia presente del pasado e imaginación infinita y creadora sobre lo inerte. Vida.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Podría ser mi hermano, o yo mismo.




RECUERDO INFANTIL

(Para mi hermano ANDRES)




Por la ojiva que da a la sacristía

repasando la sacra, un monaguillo;
lleva en sus años temple de chiquillo
y un sinfín de esperanzas todavía.

Tiene la tez morena y la alegría
de haber memorizado ya al dedillo
tanto latín impreso en el librillo
de Misa; tanto Amén y letanía.

Lleva por credencial sus limpias manos;
por crédito, sus años de inocencia;
por títulos, alguna correría.

Amén de otras ayudas entre hermanos
supimos compartir tiempo y paciencia,
y algún favor entrambos… Todavía.



(José Luis Martínez Trapiello)

domingo, 7 de diciembre de 2008

Placer inconfesable




Entró en el pequeño estudio de casa y recorrió con la mirada la estantería chapeada en negro y ocupada por una breve biblioteca compuesta de ejemplares de autores clásicos y modernos, de manuales técnicos, de colecciones de fascículos amontonados sin encuadernar, y de una enciclopedia relatora de todas las miserias físicas que pueden ocurrirle al ser humano.
Completaban las baldas algunas fotografías familiares, dos réplicas de dioses de la civilización Maya, el rostro de un viejo con rasgos pronunciados que él mismo había moldeado en cera años atrás, y un equipo de música flanqueado por dos pequeñas torres de discos.
El intenso olor a tabaco en el ambiente le obligó a abrir la pequeña ventana orientada al patio interior de la casa y que solo permitía ver un retazo de cielo teñido de gris, otras ventanas de vecindad, alguna ya iluminada con luz fluorescente por la caída de la tarde, y unos tendales vacíos de ropa por culpa de una débil lluvia impertinente.
Más que sentarse, se recostó en la silla de respaldo alto y extendió sus piernas por debajo de la mesa, que era, una vez más, testigo muda de un estado de ánimo nostálgico, derrotado por batallas sociales perdidas. Seguía intentando encontrar sentido al polvo de sus zapatos por aquellos consejos que, en la adolescencia, le invitaban a pisar tierra, a entender una realidad conformada por reglas, disimulos y engaños.
No entendía por qué, en el tránsito a la pubertad, le reprimían por soñar despierto, por crear fantasías.
Pero ahora estaba rodeado de unos maravillosos locos que llenaron la vida de imaginación en páginas de novelas o de pentagramas para sinfonías.
Manoseó la vieja estilográfica que le había regalado su padre, y un nuevo sentimiento por su ausencia entre los vivos se unió a las sensaciones de inquietud que le bloqueaban la mente. Él, su padre le había descubierto las letras de molde sobre un papel amarillento en la vieja máquina de escribir.
Recorrió con sus dedos los discos, como buscando con el tacto las vibraciones de la música, su fiel amiga: ¿Haendel, Vitoria, Tchaykovski? ¿Flautas, trompas, violines, guitarras…?
Fueron los primeros compases de “Peer Gynt” de Grieg los que le terminaron apartando de la realidad. Sin embargo, todavía un pequeño resquicio de su conciencia le alertó del posible egoísmo al no compartir aquella soledad placentera, la misma soledad que había vivido de estudiante rodeado por doscientos compañeros del internado cuando escuchaban por los altavoces la “Sinfonía del Nuevo Mundo” o “La Pastoral.

Ya eran él y su territorio en aquel pequeño espacio de tiempo, y no le importaba nada de lo que le rodeaba. Empezaba a disfrutar de amaneceres primaverales mirando un cielo que desteñía las sombras de la noche y retornaba a un azul cada vez más intenso; se contagiaba del bullicio y algarabía de unos revoltosos vencejos llegados de quién sabe dónde; descubría prados verdes y relucientes por el rocío de la mañana, y le tentaba quebrar su virginidad recorriéndolo hasta el límite, más allá de unos montes rebosantes de vegetación y de montañas de color grisáceo que se abrían en panorámica hasta el acantilado. Tenía que abrir, por encima del mar apacible, el más allá del horizonte. Quería embarcar sin punto geográfico determinado. Quizás buscar el Norte, más al Norte… ¿Por qué siempre al Norte?
Encontrar su Norte en una aventura y anchura de extensión sin límite: Frescor de estepa, luminosidad de témpanos de hielo y azul intenso de cielo y mar.
Porque el Sur era árido, de tierras planas y extensas, pintadas en ocres y amarillos, solamente salpicadas por un reguero verde de cipreses que marcaban la senda a la ermita en la pequeña cima. Ermita de pequeñas moles de piedra, que habían dado forma picapedreros olvidados, transportadas desde parajes lejanos en carros renqueantes tirados por bueyes. Ermita alejada, pero cercana para la mirada desde aquella era, en una tarde de verano sofocante, con sudor incapaz de regar una tierra apretada y sedienta, y un silencio de siesta agobiado por polvo de gavillas en espera de trilla.
Recostado a la sombra de una caseta de adobe, aguardaba un anochecer que le regalara frescor, sombras de luna y un infinito océano de estrellas.
Sin embargo, aquel sosiego se alteró con un sonido rítmico, que le recordó, cuando en su infancia oía el roce al caminar de las perneras de unos pantalones de pana. Pero era el sonido acompasado de la aguja sobre el disco, que quería buscar nuevos compases que no encontraba, y que acabó despertándole de aquella hipnosis.
Cuarenta minutos, que habían sido una eternidad, en viaje por paisajes y espacios sin barreras, sin fronteras.
Una nueva locura de imaginación, de fantasía y de ensueño.
Volvió a recorrer con sus dedos la torre de discos: Prokofiev, y su “Romeo y Julieta”.
Tomó un folio y desenroscó con esmero la estilográfica de su padre…

viernes, 5 de diciembre de 2008

Mi vieja estilográfica




Esta estilográfica tiene un sabor especial: Entre añejo y sentimental.
Tengo una tendencia inconsciente a juguetear con ella entre mis dedos. Y es tan indiscreta que no tiene reparo en destapar mis emociones y vivencias: Batuta para el romanticismo de Schumann; arado para áridos folios vírgenes; y, sobre todo, regalo y recuerdo nostálgico por la ausencia ya permanente de Padre.
Encaramada en el bolsillo de la chaqueta del periodista, conoció hace muchos años el paisanaje urbano de manteo y teja en clérigos de pequeña parroquia o beneficio de canonjía; se rozó con gentes de boina y blusón, tratantes en ferias inquietas por mugidos; alternó con señoritos de sombrero Chevalier, polainas y pajarita, en paseo dominguero después de misa; y también frecuentó a aldeanos, tocados con sombrero en paño de alas caídas, y ataviados con chaleco de gruesa lana enlutada, mientras buscaban el trueque del producto de la huerta por un pescado a la sal.
Su plumín se mostraba hosco al tener que tachar sobre aquellos ásperos folios algunas decisiones y enredos caciquiles, por la imposición de censores salvadores de un Imperio hacía Dios; se conmovía con letra más irregular por los acontecimientos de un país urbano y rural profundo, en el que la noticia debería haber sido la vida cotidiana de una economía de subsistencia y del analfabetismo de su buena gente.
Esta estilográfica que llenaba, día a día, unos folios amarillentos con una letra ininteligible, que, sin embargo, reflejaban la pequeña y verdadera historia de una pequeña ciudad con bullicioso mercado estival los sábados, con el contraste del negro clerical y la luminosidad rosácea de las piedras de su catedral en las tardes del otoño, o, en invierno, con el caminar apresurado de una sombra sobre los brillos nocturnos del canto rodado que calzan sus calles por la humedad de la niebla.
Era ágil y alegre con el relato por las tradiciones festivas de hisopo religioso, de los pendones llegados de ribera y páramo que desafiaban el viento camino de la ermita, y del almuerzo romero en algún prado todavía con relente.
El capuchón sigue siendo arrogante, orgulloso, quizás hasta se muestra soberbio al lado de bolígrafos y rotuladores con los que no quiere compartir plumier o palillero. Ya no va encaramado en el bolsillo de mi chaqueta y, por el privilegio de su edad y sentimentalismo, busca siempre el centro de la mesa del estudio junto al cartapacio repleto de unos folios más blancos y menos ásperos que los de antaño.
Esta pluma se exhibe como una Eva tentadora cuando me ve aparecer en los fines de semana otoñales, insinuando la sensualidad de su tacto para unas horas que solo transcurren para el reloj de péndulo y carillón en la esquina del salón.
Satisfago sus ansias de vida cuando la zambullo en el tintero; se muestra burlona al manchar mis dedos índice y pulgar, y se estremece si, por sus achaques de vejez, no derrama con fluidez la tinta sobre el papel.
Un domingo más, en hora de crepúsculo, la estilográfica y yo hemos buscado el placer, hemos sentido la necesidad de estar, una vez más, muy unidos y compenetrados escribiendo estas líneas mientras escuchamos el Oratorio de “El Mesías” de Haendel.
Ha querido erigirse en la protagonista, se ha sentido mimosa y ha ido, poco a poco, acurrucándose entre mis manos ante mi embelesamiento por los recuerdos y la ausencia de Padre.
Una puñetera estilográfica que resiste el paso del tiempo.