domingo, 14 de junio de 2009
PARTICIPAR
Participar, avisar, anunciar, notificar, advertir, prevenir, significar, invitar, interesar, comunicar, dar parte, poner en antecedentes, dar aviso…
Con unas letras quiero hacer referencia a un grabado que tengo en mi refugio, en mi pequeño estudio donde suelo relajarme rodeado de algunos libros, viejos en años y ausentes de lectores; y de discos, fundamentalmente de los llamados clásicos.
Es una lámina que veo todos los días, pero a veces la miro; y me reconforta: Hay alguien más que se para a pensar.
Un grabado que me regaló y dedicó Toño Benavides en unas elecciones políticas pasadas, cuando años jóvenes te hacían más idealista y creías que podías aportar, contribuir, colaborar. ¿Los años te vuelven más escéptico o desconfiado? Alguien aportaría estudios concienzudos, datos estadísticos para apoyar o rebatir; no me interesan.
Mi padre me habló en muchas ocasiones de la “Universidad de la Vida”. Él, al que su profesión de periodista le proporcionó muchas relaciones sociales provincianas –se sentía orgulloso cuando me lo contaba-, le gustaba saludar y platicar con los barrenderos de su ciudad; y en aquellos años de mediados del siglo pasado, la referencia, el “coco” para el mal estudiante era terminar en aquella denostada profesión.
Esa misma Universidad me ha enseñado que en la “res pública” permanecen pocos inteligentes, bastantes listos y demasiados espabilados.
…yo solo quería PARTICIPAR con una imagen: Nada más; porque esta imagen, vale más que mil palabras.
jueves, 11 de junio de 2009
Slow
Ya hay una nueva corriente, dicen moderna, que la sociedad comienza a valorar: Slow (tranquilo, sosegado, sereno) ¿Tienen que existir movimientos para que el humano “se apunte”? Parece que es preceptivo, que la moda impone, que se está al día.
Ha habido estos últimos años mucha prisa por llegar a poseer, ostentar, exhibir, exteriorizar… Competitividad, datos, objetivos, tendencias…
Y lo justificaban: “Los tiempos han cambiado”.
Una tarde sabatina de comienzos de primavera, de tiempo que invita a disfrutarlo rodeándote de naturaleza que comienza a despertar.
Me está llamando el espectáculo de La Sobarriba, el entorno paisajístico a la huerta de mi progenitor paterno.
Los perales están cuajados con flor; hay que segar el exceso de hierba en la huerta; la noria con bastante agua augura un verano sin graves problemas para el riego.
Al lado, casi irreconocible, el camino de tierra que transitaban antaño las vacas tirando del carro en transporte de mies recién segada y en el que sus ruedas habían marcado surcos duros y secos en el verano, que se convertían en regueras en el otoño-invierno.
El trigo y la cebada ya proporcionan un espléndido color verde a las tierras ocres y grisáceas que las habían adornado los meses pasados.
Hasta los robles dejan ver en sus ramas los primerizos brotes de nueva vida.
Sosiego, placidez, tranquilidad.
Los días se agrandan en horas de luz, aunque la tarde ya está avanzada.
Y caminas paseando; te detienes ante un cardo, ante una “escoba” con sus ramas repletas de una flor de un amarillo intenso.
Y, algo distanciado, rompiendo el horizonte de la tarde, un árbol de formas naturales y seductoras.
Más colores, más formas en nubes que alardean en esta hora con diferentes figuras a las que contribuye un sol en declive.
Desde la era, en la lejanía, observo la cadena de montañas de siempre, hoy con retazos de nieve aún sobre el gris de la roca…
¿Slow?
miércoles, 10 de junio de 2009
Muchas horas contadas.
Tener necesidad de expresarte, de contar cosas y enfrentarte a un folio en blanco, a la pantalla del ordenador, angustia.
Sin embargo reconforta, tranquiliza y valoras el tiempo y la soledad buscada mientras utilizas algo de lo más preciado en el hombre: La imaginación. Y pones una palabra tras otra, mientras te acompañan los compases de algún compositor ruso o centroeuropeo.
Recuerdas otros tiempos con memoria afectiva.
Evocas aquél salón en casa de la abuela, zona de paso y partidas de julepe en una gran mesa camilla con hogareño brasero en invierno, tapete y ceniceros que sus hijos se encargaban de atiborrar de colillas de cigarrillos, de tabaco de picadura, confeccionados primorosamente a mano. Aquella habitación de vivienda de capellanía incrustada en el enorme edificio del Hospicio, refugio obligado de un batallón de rapaces al cuidado de monjas con unas grandes cofias almidonadas.
Chavales con una infancia en comunidad obligada por vergüenzas sociales, perdonadas al haberles depositado en un torno hospiciano y discreto, que les había servido por unos instantes de cuna en el traspaso a las manos de alguna religiosa de turno.
En aquella estancia, colgado de una de sus paredes, un gran cuadro de la Familia Sagrada era el testigo de los innumerables nietos que visitaban con frecuencia a la abuela y al tío cura.
Y al lado de aquella pintura, el reloj que, en los silencios del cuarto, dejaba oír los segundos que marcaba el pequeño péndulo; y su carillón, que era cantarín y ágil anunciando las horas. Siempre, su última campanada dejaba suspendida durante unos segundos una resonancia en el ambiente que me envolvía.
Su mecánica, perfecta; sin embargo -me lo parecía- los tonos me sonaban distintos en verano, más alegres y ligeros, que en invierno, en el que sentía un ritmo más grave y lento.
Y las incrustaciones que adornaban el entorno de la esfera me recordaban los diferentes colores de los envoltorios de los caramelos con que nos obsequiaba el tío cura; en algunas ocasiones, aquellos embalajes no lograban impedir que restos de picadura de tabaco se unieran al dulce con el que habían compartido espacio en el bolso de su sotana.
Hoy, en una salita de caserón antiguo, este reloj continúa vivo, con más silencios, mimado por las manos de una hija de la abuela.
domingo, 12 de abril de 2009
10 de Abril de 2009
Es tarde fría de mi Viernes Santo. He procesionado a cara descubierta, contracorriente de gentes que se agolpan para ver el espectáculo de papones con túnicas de terciopelo rojo y capas de raso de las que cuelgan grandes medallones bordados que advierten de su cofradía, de su tribu.
Me molesta ya tanto “porrompompon” y “tarari tití”, que me engancho al iPod donde tengo enlatadas innumerables corales de Bach.
Pero tengo que esperar al sábado para perderme por calles desiertas que ayer rezumaban bullicio urbano y rural; también del alboroto de cofrades forasteros -muchos antisistema- de un “Genarín” prostituido con imitación de procesión religiosa y disculpa para terminar al alba impregnados de alcohol.
Dudo continuar poniendo una palabra tras otra…
¿Quieres acompañarme?...
jueves, 9 de abril de 2009
Yo también firmo.
Un buen amigo me ha remitido a:
ANTE LA CRISIS ECLESIAL
Somos conscientes de que este escrito es un procedimiento extraordinario, pero nos parece que también es extraordinaria la causa que lo motiva: la pérdida de credibilidad de la institución católica que, en buena parte, es justificada y que los medios de comunicación han convertido ya en oficial, está alcanzando cotas preocupantes. Este descrédito puede servir de excusa a muchos que no quieren creer, pero es también causa de dolor y desconcierto para muchos creyentes. A ellos nos dirigimos principalmente.
1.- La Iglesia fue definida desde antiguo como santa y pecadora, “casta prostituta”. Crisis graves no han faltado nunca en su historia, y la actual puede dolernos pero no sorprendernos. Toda crisis es siempre una oportunidad de crecimiento, si sabemos en estos momentos “no avergonzarnos del Evangelio” y amar a nuestra madre. Sabiendo que el amor a una madre enferma no consiste en negar o disimular su enfermedad sino en sufrir con ella y por ella. Si deseamos una Iglesia mejor no es para militar en el club de los mejores, sino porque el evangelio de Dios en Jesucristo se la merece.
2.- No hay aquí espacio para largos análisis, pero parece claro que la causa principal de la crisis es la infidelidad al Vaticano II y el miedo ante las reformas que exigía a la Iglesia. Ya durante el Concilio se hicieron durísimas críticas a la curia romana. Más tarde Pablo VI intentó poner en marcha una reforma de esa curia, que ésta misma bloqueó. Es muy fácil después convertir a un papa concreto en cabeza de turco de los fallos de la Curia. Por eso preferimos expresar desde aquí nuestra solidaridad con Benedicto XVI, a nivel personal y a pesar de las diferencias que puedan existir a niveles ideológicos: porque sabemos que los papas no son más que pobres hombres como todos nosotros, que no deben ser divinizados. Y que si algún error grave se cometió en todos los pontificados anteriores fue precisamente el dejar bloqueada esa urgente reforma del entorno papal.
3.- Una de las consecuencias de ese bloqueo es el injusto poder de la curia romana sobre el colegio episcopal, que deriva en una serie de nombramientos de obispos al margen de las iglesias locales, y que busca no los pastores que cada iglesia necesita, sino peones fieles que defiendan los intereses del poder central y no los del pueblo de Dios. Ello tiene dos consecuencias cada vez más perceptibles: una es la doble actitud de mano tendida hacia posturas lindantes con la extrema derecha autoritaria (aunque sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes inmisericordes contra todas las posturas afines a la libertad evangélica, a la fraternidad cristiana y a la igualdad entre todos los hijos e hijas de Dios, tan clamorosamente negada hoy. Otra consecuencia es la incapacidad para escuchar, que hace que la institución esté cometiendo ridículos mayores que los del caso Galileo (pues éste, aunque tenía razón en su intuición sobre el movimiento de los astros, no la tenía en sus argumentos; mientras que hoy la ciencia parece suministrar datos que la Curia prefiere desconocer: por ejemplo en problemas referentes al inicio y al fin de la vida). La proclamada síntesis entre fe y razón se ve así puesta en entredicho.
4.- Pero más allá de los diagnósticos, quisiéramos ayudar a actitudes de fe animosa y paciente para estas horas negras del catolicismo romano. Dios es más grande que la institución eclesial, y la alegría que brota del Evangelio capacita hasta para cargar con esos pesos muertos. No vamos a romper con la Iglesia, ni aunque hayamos de soportar las iras de parte de su jerarquía. Pero tememos la lección que nos dejó la historia: las dos veces en que el clamor por una reforma de la Iglesia fue universal y desoído por Roma, están relacionadas con las dos grandes rupturas del cristianismo: la de Focio y la de Lutero. Ello no significa que la ruptura fuese legítima: sólo queremos decir que no pueden tensarse las cuerdas demasiado. Tampoco vamos a romper, porque la Iglesia a la que amamos es mucho más que la curia romana: sabemos bien que apenas hay infiernos en esta tierra donde no destaque la presencia callada de misioneros, o de cristianos que dan al mundo el verdadero rostro de la Iglesia.
5.- Durante gran parte de su historia, la Iglesia fue una plataforma de palabra libre. Hoy nadie creerá que un santo tan amable como Antonio de Padua pudiera predicar públicamente que mientras Cristo había dicho “apacienta mis ovejas”, los obispos de su época se dedicaban a ordeñarlas o trasquilarlas. Ni que el místico san Bernardo escribiera al papa que no parecía sucesor de Pedro sino de Constantino, para seguir peguntando: “¿hacían eso san Pedro o San Pablo? Pero ya ves cómo se pone a hervir el celo de los eclesiásticos para defender su dignidad”. Y terminar diciendo: “se indignan contra mí y me mandan cerrar la boca diciendo que un monje no tiene por qué juzgar a los obispos. Más preferiría cerrar los ojos para no ver lo que veo”... Precisamente comentando este tipo de palabras, escribía en 1962 el papa actual (en un artículo titulado “libertad de espíritu y obediencia”): “¿es señal de que han mejorado los tiempos si los teólogos de hoy no se atreven a hablar de esa forma? ¿O es una señal de que ha disminuido el amor, que se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella?”. Así quisiéramos hablar: no nos sentimos superiores, pues conocemos bien, en nosotros mismos, cuál es la hondura del pecado humano. La Escritura, hablando de los grandes profetas, enseña que su destino no es el protagonismo sino la incomprensión; y ante eso nos obligan las palabras del apóstol Pablo: “si nos ultrajan bendeciremos, si nos persiguen aguantaremos, si nos difaman rogaremos”. Pero nos sentimos llamados a gritar porque también hay allí una imprecación impresionante que tememos tenga aplicación a nuestro momento actual: “¡por vuestra causa es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes!”. “Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” sabemos que podemos superar estos momentos duros sin perder la paciencia ni el buen humor ni el amor hacia todos, incluidos aquellos cuyo gobierno pastoral nos sentimos obligados a criticar. Este es el testimonio que quisiéramos dar con estas líneas.
...y yo tambien firmo.
domingo, 22 de febrero de 2009
¿Viejo?; no, antiguo.
Un rincón auténtico en su arquitectura, de muchos años, discreto para viandantes en tráfago social de ir no sé dónde. Vigas de madera y adobe que las sustentan, y atestiguan tiempos vividos.
Unas notas de composiciones de guitarra, enlatadas en un Ipod, sustituyen los acordes que antaño se escapaban a través de los ventanucos, debajo de la gran viga que sustenta la pared.
Eran tiempos de utopía de vida a través de los acordes de The Beatles, “Romance Anónimo”, “Malagueña”, Adamo, Hardy… Rasguear las cuerdas de aquella guitarra que hoy continúa ocupando un lugar preferente en mi pequeño estudio.
Pocos años antes, detrás de aquella pared de barro, de aquellos ventanucos se desarrollaba la vida familiar de almuerzo a la una de la tarde, deberes de colegio, rosario vespertino en familia con letanía en Latín, y vuelta a la cama con pijama heredado sobre calzón y camiseta con manga en felpa.
“Es una casa vieja”, decía John, americano llegado en intercambio colegial.
“Antigua”, le respondí, “con más años que la nación Norteamericana”.
domingo, 8 de febrero de 2009
Una tarde distinta.
Había expectación en Cil ante la llegada de don Enrique, el médico.
Eufrasio, el hijo del Tío Benito, se había acercado por la mañana a Fresno para dar aviso de que el niño de la Teresa tenía una gran calentura .
Todos los rapaces, que ya habíamos salido de la escuela, corríamos dando gritos por la Calle, como los vencejos sobre las ruinas del castillo del cerro.
Era una tarde diferente ante llegada del médico, a quien tendríamos que saludar con un “Buenas tardes, don Enrique”, como nos había ordenado doña Adelaida, la maestra.
El viejo Santiago, que se encontraba vigilante en la esquina de su casa, sentado en el poyo y recostado sobre dos cachas de las que se valía para su cojera, se incorporó y comenzó a blandir la derecha como anuncio de la llegada del jinete.
Aquella figura del galeno con sombrero, grandes bigotes y botas de montar sobre un caballo ensillado y con estribos, más grande que la yegua de Antolin, nos impresionaba tanto como la pareja de la Guardia Civil sobre sus monturas en los habituales recorridos por el pueblo.
El bullicio se tornó en silencio respetuoso a la vez que dejábamos libre el centro de La Calle, que así la llamábamos, como cuando sacaban en procesión la Virgen de la Mies en la fiesta de agosto.
Un tímido “Buenas tardes, don Enrique” de Joaquín, que ya era casi mozo, nos dio entrada a todos los demás que coreamos la misma salutación; el médico nos devolvió la cortesía con una leve inclinación de cabeza, al tiempo que detenía la cabalgadura.
- Has crecido mucho Pedro, le dijo Don Enrique.
- Si señor, respondió “Perico” agachando la cabeza y enrojeciendo como los tomates de su huerta.
Hicimos comitiva y nos encaminamos a casa de la Teresa.
El primero, don Enrique, al que acompañaba el Eufrasio; luego nosotros y, por último, el Tío Santiago renqueante y esquivando los guijarros de la Calle.
La Teodora, la Angustias y la Faustina, ya formaban el comité de recepción en la puerta de casa del enfermo.
El galeno desmontó, ató el ronzal del cuadrúpedo a la reja de la ventana, cogió el maletín de cuero que colgaba de la silla de montar y entró decidido en la casa seguido de las tres mujeres.
Con un leve murmullo, todos los rapaces nos agolpamos en la ventana enrejada donde se encontraba la estancia del paciente y seguimos con curiosidad todos los movimientos que se producían.
sábado, 17 de enero de 2009
El monaguillo
Una galleta como premio, detraída del ágape matinal de mi padre, era la promesa diaria de mi madre y el estímulo suficiente para abandonar el confortable rebujo del colchón de lana, las calientes mantas y a mi hermano, calefactor compañero de sueños diarios. Mis seis años y otra mañana más; quizás un martes. Madrugada oscura y fría de un febrero del cincuenta y...
La luz tenue que desprendía la bombilla a través de un plafón de cristal adornado con bajorrelieves de frutas, iluminaba lo suficiente la pequeña habitación para que, con movimientos rutinarios me introdujera en el pantalón corto -sin bragueta- que me obligaba a orinar buscando el pito por la pernera; a ajustarme los tirantes sobre una camiseta de felpa menguada de mangas y talle por los muchos lavados y el paso del tiempo; aunque una camisa y un jersey gris heredados de mi hermano compensaban la parquedad de la prenda interior. Y completaba el atuendo con calcetines largos de lana, que descansaban desde ayer a los pies de la cama, sujetos con pequeñas ligas disimuladas con dobleces, y los zapatos negros con motas marrones de barro.
La continencia nocturna me empujó precipitadamente al water.
- Mea dentro -, fue la recomendación de mi madre ante la potencia con que se descargaba mi vejiga.
Ya de puntillas, frente al lavabo, logré mojar con un agua olvidada del calor del termo de una cocina económica las palmas de las manos que inmediatamente acariciaron las mejillas al tiempo que me estremecía y resoplaba. Con los ojos cerrados, tanteé en busca de la toalla y encontré las manos de mi madre que me orientaron de nuevo hacia el grifo.
- Con jabón; las legañas, las orejas...
Me atusé el pelo rebelde con el peine y la mano, sobre todo el flequillo que apuntaba siempre hacia delante. Dos ágiles botes ante el espejo para contemplar aquella obra me mostraron la misma raya quebrada de todos los días.
Era canónigo grueso, de sotana con brillos en codos y bocamangas, amen de otras lámparas diseminadas por la negra geografía de la sotana que harían innecesario encender las dos velas de la capilla de la Virgen; remataba su oronda figura y cubría su escaso pelo con un bonete de puntas raídas y color casi negro; pero el amito, el alba, el cíngulo, la estola, el manípulo y la casulla daban prestancia al Reverendo en la gran Basílica románica, impregnada en aquella hora de penumbra y sombras que se agitaban por el flamear de alguna vela en espera de liturgia.
Mi presencia en la sacristía le hizo volver ligeramente la cabeza al tiempo que intentaba alcanzar con una mano por la espalda el cíngulo que pendía de la otra. Me acerqué solícito y, después de tres intentos en los que le arrimaba el cordón hasta que tocaba sus dedos y se lo retiraba disfrutando con la agitación de su mano, logró ceñirse y remangarse un poco el alba. Mi ropón granate, que era comparable a una puesta de sol veraniega con un cielo sembrado de estrellas por las muchas pintas de cera de vela que se habían incrustado en la apretada lana, completado con un roquete con pruebas delatoras de vinajeras escurridas, perfeccionaron la procesión litúrgica camino del altar. Había que atravesar la pequeña capilla del Cristo, un Crucificado de tamaño casi real, rodeado de una oscuridad fantasmagórica, que me hacía apurar el paso y mirar de soslayo esperando que, en alguna ocasión, aquella figura se quejara o moviera.
- In nómine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. Introibo ad altáre Dei -, rezó Don Julián seseando y esparciendo pequeñas motas de saliva sobre la mesa sagrada.
- Ad Deu mmnim mea -, contesté regulando la voz para que no se notara que solo sabía el comienzo y el final; aunque más complicado aún me resultaba rezar el “Confiteor”: con la cabeza inclinada y el fiador del roquete retozando entre mis dedos, mascullé palabras ininteligibles durante más tiempo para terminar con un “. . .Deum nostrum”.
Mientras el clérigo leyó la epístola, yo volví la cabeza para controlar si estaban las “Lalitos”, dos hermanas solteronas asiduas a la misa de Don Julián, retocadas con velo -por supuesto- y misales que dejaban ver sus cantos dorados. Sí, estaban allí, arrodilladas en reclinatorios individuales como signo de distinción. Pero un carraspeo y la mirada de Don Julián me recriminaron la distracción al tiempo que señalaba el misal porque era el momento del evangelio; es decir, la odisea diaria para el cambio de derecha a izquierda en el altar del atril con misal incluido. ¡Qué atril y qué misal!, debían pesar una arroba: De puntillas lo arrastraba y recogía con gran dificultad, lo transportaba con apurado equilibrio entre los brazos y la cara, y lo depositaba al otro lado con empujones de mi cabeza.
A continuación empezaba el movimiento: un viaje con las vinajeras para -de nuevo de puntillas- servir vino, hasta que Don Julián, con un pequeño golpe del cáliz contra la pequeña vasija, indicara que era suficiente, aunque aquello debía ser un acto reflejo de Don Julián porque yo le vaciaba casi por completo el contenido y, por lo tanto, me quedaba siempre muy poco para escurrir la vinajera del vino de misa, una vez acabada la misa y ya de vuelta en la sacristía; y el agua para el lavatorio de manos, que debía estar tan fría como la de casa porque el reverendo solamente me dejaba mojarle las puntas de los dedos. Genuflexiones, la palmatoria encendida al lado de los corporales, toques de esquila en la consagración al tiempo que le levantaba la casulla hasta.., -dependía del día-, y a prepararse para darle la comunión a las “Lalitos”. Armado con la bandeja y la palmatoria, me acerqué con Don Julián al reclinatorio donde esperaban ya las hermanas.
- Corpus Cristi. ¡Menos pintada, menos pintada! -, le increpaba el cura al depositar la Hostia en la lengua de la más joven, que se había pasado de carmín en los labios y en ese momento el mismo color del pintalabios se le extendió por toda la cara que cubrió inmediatamente con sus manos.
- Corpus Cristi. ¡Más tapada, más tapada! -, requirió a una feligresa nueva, a la que se adivinaba un pequeño pico de escote en el cuello de una blusa negra. El color del carmín de la joven “Lalitos” se trasladó también al rostro de la infortunada, a la que no volví a ver en la misa de siete y media. A Don Servando no le dijo nada, pero yo me entretuve en rozarle la nuez con la bandeja mientras él esperaba la Hostia con el cuello estirado y la boca abierta.
Recogió Don Julián el cáliz, la patena y los corporales, y yo volví a comprobar el fondo de la vinajera del vino.
- Dóminus vobiscum.
- E cumpiritu tu - respondí.
- Ite, missa est.
- Deo gracias -, contesté ya ufano y con total claridad.
martes, 6 de enero de 2009
Recuerdos de "DIARIO DE LEON"
Mi recuerdo de una infancia feliz en los años cincuenta, rodeado de trabajadores del periódico regional católico «DIARIO DE LEON», de 80 céntimos el ejemplar, en la calle Daoíz y Velarde, que fueron testigos y relatores de la historia de esta provincia.
En aquella mañana radiante de verano, mis seis años y el gran patio de casa habían agotado las fantasías de un endeble triciclo rodeando el pozo, agachándome bajo el lilar y esquivando con las ruedas traseras la maloliente alcantarilla.
Aparqué al lado de las escaleras del sótano y restregué mis manos por el baby de pequeños cuadros blancos y rojos.
—¡Madre, madre!
— ¿Qué quieres ahora? —respondió mientras se asomaba a la ventana.
—Voy al Diario.
Sin esperar alguna recomendación, salí corriendo a través del amplio portal, antaño refugio de carruajes, y desemboque en la plaza. A mi derecha, San Isidoro, con atrio de verjas y con Don Julio —el Abad— paseando, al que ayudaba a misa y me prometía el Obispado de Astorga. Enfrente, la gran Cruz con una especie de altar, que llamaban «de los Caídos», y a fe habían acertado con el nombre, porque nuestros huesos median con frecuencia las losas que adornaban el suelo. «El Leonés», la calle Descalzos. Un gran corralón de empedrado y tapiales: San Guisán, donde habían estado los franceses; Santa Marína la Real, la barbería, la imprenta Rubí, el zapatero «Rápido», los ultramarinos, el estanco y la pescadería con cortinas de trozos de bambú que servían de arpa a mis dedos. El colegio Ponce.
Ya estaba cerca. Dos azotes a modo de fusta y un ritmo de trote marcado por los pies me plantaron frente a la puerta del DIARIO DE LEON. Volví a manosear el baby en un intento de liberar los restos de adobe y grasa que había acumulado en la travesía.
Entré y, a duras penas, alcancé con mis manos el mostrador, encaramándome hasta que mi barbilla lo rozó y vi a Fani a través del ventanuco.
—iHola!, fue mi saludo.
Aquella voz infantil y familiar no inmutó a nadie.
Entré en la administración y, ante la indiferencia de todos, me acerqué a mi mesa favorita repleta de papeles, lapiceros, un tintero y plumas de palo armadas de plumines relucientes y tentadores en búsqueda de dianas por el suelo de madera, experiencia que ya había ocasionado calentura en mis nalgas. Pero al lado estaba mi último descubrimiento: Un tiovivo del que pendían sellos de caucho y hacía girar con mis pequeños dedos.
— ¿Está mi padre?
— ¡Deja eso! —ordenó Fani con cariño—.
Ya sabían que estaba allí.
—Leoncio, enséñame el mapa.
Siempre me llamaba la atención aquel mapa: Era tan grande como el de la escuela, pero con un dibujo diferente y estaba lleno de banderitas de alfiler clavadas en unos puntos negros que tenían letras al lado.
Leoncio levantó la vista de un libro muy grande lleno de cuadraditos, dejó arrastrar la silla mientras se levantaba, y aupándome en sus brazos me acercó a aquel ejército de alfileres desperdigado entre líneas y nombres. Mi dedo se desplazó entre ellos y- se detuvo.
— ¿Cuál es éste?
—Ponferrada —contestó complaciente—.
- ¿Y éste?
Mi dedo se había detenido y a Leoncio le apareció aquella sonrisa pícara que no era nueva para mí.
—Cebrones, —susurró—.
—¿Cómo?, —grité—.
—Ce...bro...nes—, deletreó en sentido ascendente.
Un ruido fuerte hizo volverse a Leoncio que, aún conmigo en los brazos, vimos cómo la silla de Maruja había perdido el equilibrio, estrellándose contra el suelo, y ella, con dificultad, la mantenía agarrada al archivador y la mesa. Su rostro reflejaba una mezcla de reproche y susto.
—¡Leoncio! —musitó—.
Un guiño de complicidad y amago de azote de Leoncio dieron de nuevo alegría a mis pies que se dirigieron hacia el taller.
Era aquel local como una cueva: Suelo y paredes negras con unos pequeños ventanales a un patio de luces. En medio, la rotoplana, rugiente, como un monstruo cosido al suelo y con movimiento acompasado de locomotora varada en las vías. Su traqueteo obligaba a cajistas, ajustadores y linotipistas a entenderse a voces.
Me acerqué a ella sin miedo, pero con inquietud y sin que las chicas, que pegaban unos pequeños papeles con direcciones en los periódicos, me perdieran de vista. De cuclillas, observé cómo Manolo revolvía en la barriga del bicho entre rodillos y planchas llenas de letras de plomo. Dirigió hacia mí sus manos embadurnadas de tinta y grasa en un gesto similar a las brujas de los cuentos, esperando una reacción de sobresalto; pero, sin inmutarme, me incorporé dirigiéndome hacia Juanito, el de la lino...
—¿Te acuerdas cómo se llama?
—Lino..., linotapia —contesté ufano—.
—Linotipia. ¿Qué quieres?
—Que me hagas el nombre.
—¿Otra vez?
—Me lo perdió mi hermano.
Tecleó y empujó hacia arriba una pequeña palanca deslizándose de inmediato la placa de estaño que quedó depositada en perfecta alineación con las correspondientes a las noticias de los sucesos. Mi precipitación por ver el resultado milagroso hizo que la tirara al suelo con un ¡ay!, a la vez que sacudía y soplaba mi mano.
—Quema. Nunca aprenderás, dijo Juanito.
Angel, que se encontraba colocando en una regleta letras para un titular, se agachó solícito a recogerla, la untó con un poco de tinta y la estampó posteriormente en una amarillenta hoja.
Atravesé el pequeño patio para subir a la redacción. Pero allí, ante mí, junto a la escalera estaba mi castillo: cinco enormes rollos de papel esperando ser deglutidos por la rotoplana.
Al segundo intento logré trepar hasta las almenas, a la vez que dejaba marcadas las huellas de mis zapatos en la blanca superficie. De pie, sobre la torre, miré en todas las direcciones y... ¡otra vez los moros! Me deslicé por el interior que formaban las bobinas sin reparar cómo saldría una vez concluida la batalla. Lancé flechas y algún disparo de escopeta hasta que la mira de mi dedo pulgar se detuvo ante una figura negra: Era don Filemón de la Cuesta, el director, cura de constitución pequeña y gruesa, ataviado de manteo y teja.
—Y ahora ¿cómo sales?, —fue su bonachón saludo—.
—Dígale a Leoncio que me saque.
Liberado de mi trampa, abordé las empinadas escaleras y traspasé la puerta del último rellano. Allí estaba el perchero de árbol del que colgaban una chaqueta, dos dulletas y el sombrero de mi padre.
Empujé lentamente la puerta de la redacción, al tiempo que asomaba la pequeña cabeza con una doble sensación de respeto y miedo reverencial.
—Pasa.
Aquella invitación, acompañada de una sonrisa, venía de don Antonio González de Lama, cura de sotana con algún adorno de ceniza despistada de su cigarrillo amasado con hábiles dedos y que sujetaban permanentemente sus labios gruesos.
Sentado, a su lado, estaba otro cura —ya eran tres—, don César Trapiello, el tío César, que miraba embelesado el carro de su máquina de escribir, negra, de teclas redondas con cerquillo dorado.
—Hola, tío.
Tardó en reaccionar. Aquel saludo le debió parecer salido del fondo de la «Continental». Pasó su mirada por el folio, el carro y las teclas e instintivamente deslizó su mano por el bolso de la sotana, al tiempo que se volvía hacia mí.
—Ah, eres tú.
Entre sus dedos apareció el caramelo esperado. Quité el envoltorio y limpié los restos de picadura de tabaco que el dulce había robado a las cajetillas que le acompañaban en aquella faltriquera sotanil.
Me acerqué a los dos teletipos, que repiqueteaban sin cesar, porque allí, de pie, Marcelo revisaba con atención las líneas que, con ritmo acompasado, aparecían impresas en papel continuo que se amontonaba en el suelo.
—Padre, ¿me das tubos?
—Espera.
Unas tijeras grandes, de sastre, le sirvieron para seleccionar partes de aquella tira sin fin, que depositó junto a su máquina de escribir.
Me cogió de la mano y nos acercamos a una estantería repleta de libros, periódicos atrasados, otros de tirada nacional, fotos de agencia, papeles, rollos inmaculados esperando ser víctimas de los ávidos teletipos y, al fin, los despojos de los mismos: Los tubos, mi objetivo en la aventura. Me servirían para plantarlos, como si de bolos se tratara, en el pasillo de casa, aunque más estrecho y menos largo que la era de Villacil.
Sonó el teléfono.
—Marcelo, te llaman del Ayuntamiento.
—Anda; vete para casa.
Me encogí de hombros y con un tímido «adiós», salí de la redacción.
Ya me había acostumbrado a las ausencias de mi padre por las Permanentes del Ayuntamiento, de la Diputación; los accidentes recogidos en la Casa de Socorro, los pleitos que resolvían los Juzgados, las denuncias presentadas en la comisaría, los partes de Orden Público en el Gobierno Civil, las inauguraciones, los actos de los jefes locales y provinciales del Movimiento, los resultados de la Cultural; en los días de feria: El precio del trigo, la lechuga y los terneros; algún accidente ferroviario ocurrido de madrugada y el teléfono negro colgado de la pared de la salita de casa:
—Señorita, quiero una conferencia de prensa para corresponsal... Agencia Efe ...2754000 ...aquí León...
Mi aventura había concluido.
La de ellos, los trabajadores del DIARIO DE LEON, continuaba hasta que el Correo de la tarde llevara aquellas noticias urgentes, pero sin prisas, a todos los rincones marcados con un alfiler en el mapa de la administración. Hasta que en la Calle Ancha, la de La Rúa o el Jardín de San Francisco se hicieran eco de la noticia atrayente, pregonada a voces por el vendedor del Periódico Regional Católico:
—«El obispo detrás de Gilda».
domingo, 28 de diciembre de 2008
Fantasía fotográfica
Otra tarde de sábado otoñal, triste, melancólica, quizás depresiva. La “Fantasía para un Gentilhombre” era un complemento idóneo para contemplar a través de la ventana los tonos grisáceos de un cielo inestable, los trazos difuminados de un paisaje en la acuarela de la pared, o esa fotografía que, aunque pequeña en tamaño, obtiene la panorámica y profundidad de un mirador.
No acabo de comprender la fascinación por ese rectángulo en blanco y negro, bastante manoseado y con pequeños dobleces, que me ha movido a colgarlo de la pared entre dibujos, retratos familiares y una guitarra.
Esa fotografía, esa calle... Una simple calle de aceras a derecha e izquierda, encintadas en bloques de granito que, con gran dificultad, guardan paralelismo entre ellas. Una calle de mi ciudad en los años cincuenta con calzada de canto rodado brillante de humedad nocturna.
Un deseo irrefrenable me empuja a recorrerla, a buscar las sensaciones del ayer, hoy; un paseo detenido en el tiempo, una fantasía de aquella realidad.
Y así, mi indiscreta presencia, hace que se cierre sigilosamente una de las hojas de la gran puerta del viejo palacio, delatada por el chirriar de sus goznes desgastados; perdido su linaje, se ha convertido en caserón de vecindad con orgullosa balconada de hierro corroído y escudo desgastado por la historia invernal de nieblas y heladas; fachada calzada de piedra de cantería y revoque ajado que descubre vigas, tapial y adobe. Un pequeño ventanuco con discreción de visillo apolillado y cuarterón, que a duras penas permite traspasar la débil iluminación de la estancia.
Enfrente, modesta, y como mujer embarazada por lo irregular de sus paredes cansadas del tiempo y los deficientes materiales, una casa con dos ventanas enrejadas y un pequeño portal en el que se amontonan urces, carbón y el trasiego bullicioso de chiquillos; y en la planta superior, un balcón adornado de geranios desnudos y un pequeño tendal de ropa infantil olvidada. Olor a refrito, a sopas de ajo con unto.
Como puente entre las dos construcciones, un endeble cable soporta un platillo de porcelana -ocasional diana de la rapacería- que a penas dispersa la luz tenue de una bombilla parpadeante por el movimiento descompasado de la brisa fría de la noche.
Una tapia vecina, descarnada por la lluvia y el descuido, permite a las ramas flacas de un castaño centenario asomarse indiscretas y atentas a los movimientos que, al fondo, desembocando en la plaza, mantienen los dos hermanos vinateros, que se afanan con diligencia en descargar tres pellejos de vino y dos cuartillos de orujo de un carro, ausente de caballería y armado con pernillas que mantiene el equilibrio con tentemozos delantero y trasero.
Al otro lado, haciendo esquina y mas cuidada, una casona de aire solariego, cuyo único indicio de vida es el de una moza en el zaguán que con pañuelo a la cabeza y delantal agita con ritmo acompasado de abanico veraniego el despertar de unos trozos de cisco, cuidadosamente colocados en el brasero, que calienten una velada de camilla y solitario. Rezuma a clérigo: canónigo u obispo emigrado. A través de los relucientes cristales de sus ventanas, e iluminado por una lámpara de araña de cuatro brazos se puede contemplar un despacho con gran mesa de nogal tocada de tapete de cuero verde sobre el que ha quedado marcada la peana de un crucifijo de plata; un juego de tinteros con pluma de ave y una Biblia, abierta decorativamente con ilustración seudo gótica, que reposa sobre un atril. El sillón, casi papal, y una estantería de arcos venecianos que recorre toda la habitación repleta de libros encuadernados en diferentes pieles y colores.
Llanto lejano e impaciente de un niño, y un bolero en vaivén de ondas metálicas de una radio.
Actividad y quietud.
Nostalgia presente del pasado e imaginación infinita y creadora sobre lo inerte. Vida.
viernes, 19 de diciembre de 2008
¿Mercado navideño?, ya no.
¿Me
acompañas al mercado?, preguntó la Asturianina, mi mujer, y asentí.
Después de una semana dedicado a mi profesión, en mi Banco,
entendí que podía disiparme un poco dedicando un día “a la bolsa”.
Hacía mucho tiempo que no me acercaba un sábado, día de
bullicio por la venta de productos de huertas rurales cercanas en la Plaza
Mayor, a comprar y a ver al paisanaje de los alrededores de León. Y, siendo
días previos a la Navidad, la algarabía de compra y venta estaba garantizada.
Era apetecible la oferta de acompañamiento.
Pero, efectivamente, los tiempos han cambiado: El paisaje y
el paisanaje no son lo mismo.
No estaban Julia, el tío Benito, Asterio o Dolores
plantados bajo los soportales, o en medio de la plaza con algún pavo, dos
conejos, un pollo, el cesto-maleta de mimbre donde transportaban los huevos
entre paja que amortiguara el trajín del viaje, y un serón lleno con unos pocos
kilos de garbanzos y alubias de la última cosecha en la Sobarriba.
- ¿Esas patatas?
- Son de huerta de Paradilla,- le contestaron a la
Asturianina, - y las escarolas, las lechugas…
Volví a
revivir en Villacil a tío Máximo, en la huerta de su casa con el traje de pana
oscuro, tocado con la boina que solamente se la quitaba para dormir, y el macho
dando vueltas a la noria en un viaje que se acababa cuando los canjilones habían
agotado el agua cristalina que iría regando unos surcos perfectamente alineados con
cebollas, pimientos, tomates, berzas… También el ciruelo de claudias, los perales de “ivierno”,
algún girasol, el nogal… Aquel Junio de mi niñez, aquella visita dominical a
los parientes…
Aún queda algún labriego, pero sin boina, pensé. Una visera
que anuncia una marca de gasolina era el tocado del campesino, que le podía
liberar más del frío que nos envolvía que del sol que un toldo de plástico
impedía que nos calentara.
Y por fin, una berza lombarda pesada aún en romana completó
la bolsa de viandas para unas fiestas cercanas y diferentes a tiempos pasados.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Podría ser mi hermano, o yo mismo.
RECUERDO INFANTIL
(Para mi hermano ANDRES)
Por la ojiva que da a la sacristía
repasando la sacra, un monaguillo;
lleva en sus años temple de chiquillo
y un sinfín de esperanzas todavía.
Tiene la tez morena y la alegría
de haber memorizado ya al dedillo
tanto latín impreso en el librillo
de Misa; tanto Amén y letanía.
Lleva por credencial sus limpias manos;
por crédito, sus años de inocencia;
por títulos, alguna correría.
Amén de otras ayudas entre hermanos
supimos compartir tiempo y paciencia,
y algún favor entrambos… Todavía.
(José Luis Martínez Trapiello)
domingo, 7 de diciembre de 2008
Placer inconfesable
Entró en el pequeño estudio de casa y recorrió con la mirada la estantería chapeada en negro y ocupada por una breve biblioteca compuesta de ejemplares de autores clásicos y modernos, de manuales técnicos, de colecciones de fascículos amontonados sin encuadernar, y de una enciclopedia relatora de todas las miserias físicas que pueden ocurrirle al ser humano.
Completaban las baldas algunas fotografías familiares, dos réplicas de dioses de la civilización Maya, el rostro de un viejo con rasgos pronunciados que él mismo había moldeado en cera años atrás, y un equipo de música flanqueado por dos pequeñas torres de discos.
El intenso olor a tabaco en el ambiente le obligó a abrir la pequeña ventana orientada al patio interior de la casa y que solo permitía ver un retazo de cielo teñido de gris, otras ventanas de vecindad, alguna ya iluminada con luz fluorescente por la caída de la tarde, y unos tendales vacíos de ropa por culpa de una débil lluvia impertinente.
Más que sentarse, se recostó en la silla de respaldo alto y extendió sus piernas por debajo de la mesa, que era, una vez más, testigo muda de un estado de ánimo nostálgico, derrotado por batallas sociales perdidas. Seguía intentando encontrar sentido al polvo de sus zapatos por aquellos consejos que, en la adolescencia, le invitaban a pisar tierra, a entender una realidad conformada por reglas, disimulos y engaños.
No entendía por qué, en el tránsito a la pubertad, le reprimían por soñar despierto, por crear fantasías.
Pero ahora estaba rodeado de unos maravillosos locos que llenaron la vida de imaginación en páginas de novelas o de pentagramas para sinfonías.
Manoseó la vieja estilográfica que le había regalado su padre, y un nuevo sentimiento por su ausencia entre los vivos se unió a las sensaciones de inquietud que le bloqueaban la mente. Él, su padre le había descubierto las letras de molde sobre un papel amarillento en la vieja máquina de escribir.
Recorrió con sus dedos los discos, como buscando con el tacto las vibraciones de la música, su fiel amiga: ¿Haendel, Vitoria, Tchaykovski? ¿Flautas, trompas, violines, guitarras…?
Fueron los primeros compases de “Peer Gynt” de Grieg los que le terminaron apartando de la realidad. Sin embargo, todavía un pequeño resquicio de su conciencia le alertó del posible egoísmo al no compartir aquella soledad placentera, la misma soledad que había vivido de estudiante rodeado por doscientos compañeros del internado cuando escuchaban por los altavoces la “Sinfonía del Nuevo Mundo” o “La Pastoral.
Ya eran él y su territorio en aquel pequeño espacio de tiempo, y no le importaba nada de lo que le rodeaba. Empezaba a disfrutar de amaneceres primaverales mirando un cielo que desteñía las sombras de la noche y retornaba a un azul cada vez más intenso; se contagiaba del bullicio y algarabía de unos revoltosos vencejos llegados de quién sabe dónde; descubría prados verdes y relucientes por el rocío de la mañana, y le tentaba quebrar su virginidad recorriéndolo hasta el límite, más allá de unos montes rebosantes de vegetación y de montañas de color grisáceo que se abrían en panorámica hasta el acantilado. Tenía que abrir, por encima del mar apacible, el más allá del horizonte. Quería embarcar sin punto geográfico determinado. Quizás buscar el Norte, más al Norte… ¿Por qué siempre al Norte?
Encontrar su Norte en una aventura y anchura de extensión sin límite: Frescor de estepa, luminosidad de témpanos de hielo y azul intenso de cielo y mar.
Porque el Sur era árido, de tierras planas y extensas, pintadas en ocres y amarillos, solamente salpicadas por un reguero verde de cipreses que marcaban la senda a la ermita en la pequeña cima. Ermita de pequeñas moles de piedra, que habían dado forma picapedreros olvidados, transportadas desde parajes lejanos en carros renqueantes tirados por bueyes. Ermita alejada, pero cercana para la mirada desde aquella era, en una tarde de verano sofocante, con sudor incapaz de regar una tierra apretada y sedienta, y un silencio de siesta agobiado por polvo de gavillas en espera de trilla.
Recostado a la sombra de una caseta de adobe, aguardaba un anochecer que le regalara frescor, sombras de luna y un infinito océano de estrellas.
Sin embargo, aquel sosiego se alteró con un sonido rítmico, que le recordó, cuando en su infancia oía el roce al caminar de las perneras de unos pantalones de pana. Pero era el sonido acompasado de la aguja sobre el disco, que quería buscar nuevos compases que no encontraba, y que acabó despertándole de aquella hipnosis.
Cuarenta minutos, que habían sido una eternidad, en viaje por paisajes y espacios sin barreras, sin fronteras.
Una nueva locura de imaginación, de fantasía y de ensueño.
Volvió a recorrer con sus dedos la torre de discos: Prokofiev, y su “Romeo y Julieta”.
Tomó un folio y desenroscó con esmero la estilográfica de su padre…
viernes, 5 de diciembre de 2008
Mi vieja estilográfica
Esta estilográfica tiene un sabor especial: Entre añejo y sentimental.
Tengo una tendencia inconsciente a juguetear con ella entre mis dedos. Y es tan indiscreta que no tiene reparo en destapar mis emociones y vivencias: Batuta para el romanticismo de Schumann; arado para áridos folios vírgenes; y, sobre todo, regalo y recuerdo nostálgico por la ausencia ya permanente de Padre.
Encaramada en el bolsillo de la chaqueta del periodista, conoció hace muchos años el paisanaje urbano de manteo y teja en clérigos de pequeña parroquia o beneficio de canonjía; se rozó con gentes de boina y blusón, tratantes en ferias inquietas por mugidos; alternó con señoritos de sombrero Chevalier, polainas y pajarita, en paseo dominguero después de misa; y también frecuentó a aldeanos, tocados con sombrero en paño de alas caídas, y ataviados con chaleco de gruesa lana enlutada, mientras buscaban el trueque del producto de la huerta por un pescado a la sal.
Su plumín se mostraba hosco al tener que tachar sobre aquellos ásperos folios algunas decisiones y enredos caciquiles, por la imposición de censores salvadores de un Imperio hacía Dios; se conmovía con letra más irregular por los acontecimientos de un país urbano y rural profundo, en el que la noticia debería haber sido la vida cotidiana de una economía de subsistencia y del analfabetismo de su buena gente.
Esta estilográfica que llenaba, día a día, unos folios amarillentos con una letra ininteligible, que, sin embargo, reflejaban la pequeña y verdadera historia de una pequeña ciudad con bullicioso mercado estival los sábados, con el contraste del negro clerical y la luminosidad rosácea de las piedras de su catedral en las tardes del otoño, o, en invierno, con el caminar apresurado de una sombra sobre los brillos nocturnos del canto rodado que calzan sus calles por la humedad de la niebla.
Era ágil y alegre con el relato por las tradiciones festivas de hisopo religioso, de los pendones llegados de ribera y páramo que desafiaban el viento camino de la ermita, y del almuerzo romero en algún prado todavía con relente.
El capuchón sigue siendo arrogante, orgulloso, quizás hasta se muestra soberbio al lado de bolígrafos y rotuladores con los que no quiere compartir plumier o palillero. Ya no va encaramado en el bolsillo de mi chaqueta y, por el privilegio de su edad y sentimentalismo, busca siempre el centro de la mesa del estudio junto al cartapacio repleto de unos folios más blancos y menos ásperos que los de antaño.
Esta pluma se exhibe como una Eva tentadora cuando me ve aparecer en los fines de semana otoñales, insinuando la sensualidad de su tacto para unas horas que solo transcurren para el reloj de péndulo y carillón en la esquina del salón.
Satisfago sus ansias de vida cuando la zambullo en el tintero; se muestra burlona al manchar mis dedos índice y pulgar, y se estremece si, por sus achaques de vejez, no derrama con fluidez la tinta sobre el papel.
Un domingo más, en hora de crepúsculo, la estilográfica y yo hemos buscado el placer, hemos sentido la necesidad de estar, una vez más, muy unidos y compenetrados escribiendo estas líneas mientras escuchamos el Oratorio de “El Mesías” de Haendel.
Ha querido erigirse en la protagonista, se ha sentido mimosa y ha ido, poco a poco, acurrucándose entre mis manos ante mi embelesamiento por los recuerdos y la ausencia de Padre.
Una puñetera estilográfica que resiste el paso del tiempo.
martes, 2 de diciembre de 2008
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