miércoles, 5 de junio de 2013

Marina era puta.



Marina no era estrella, ni segundona en una película de la posguerra: Era puta.
Con mis ocho años, veía muchas veces frente al colegio a Marina. Hacía puerta, esperaba clientes en el que había sido un bar que “las buenas costumbres” habían clausurado ante el escándalo de estar regido por una puta. Y aún se podían ver a través del cristal biselado de la taberna una legión de botellas alineadas con todos los licores: Soberano, Veterano, anís El Mono… Y Marina atraía parroquianos con una gran iluminación roja en sus labios y uñas, un moño bien peinado y un vestido alegre en color y corte. Marina era puta.
Nuestros mayores nos advertían ante los requerimientos que nos hacía Marina para traerle recado de vinagre, azúcar o una hogaza desde los ultramarinos. Yo nunca pequé ante tales invitaciones; siempre tuve miedo que me contagiara el virus de aquella culpa que, con solo su presencia, hacía volver o bajar la cabeza a los viandantes que debían transitar por delante de aquél antro, de la casa de Marina. Marina era puta.
Algunos feligreses de Marina, con ropajes que les identificaban en una extracción social baja, se atrevían a hacer tertulia y reír las gracias que yo no comprendía. Ella, Marina, subida en el peldaño de la entrada al bar, destacaba sobre las cabezas de los fieles que la rodeaban. Marina era puta.
Esta noche, viendo la televisión, “la caja tonta”, me he acordado de Marina. Habrá muerto, y no sé cómo o en qué circunstancias. ¿Por qué me habré acordado de Marina cuando haciendo zapin ves varios programas del corazón, que así les llaman?
Hoy sigue habiendo putas que, como Marina, no aparecen en el “papel-cuché”. Pero también hay fotos en revistas, programas de televisión o biografías ejemplares de señoritas respetables para una gran parte de la sociedad, que marcan forma de vida, que son iconos de una sociedad que disculpa, disimula y mira para otro lado; como los vecinos de Marina.
Hoy tengo más años, años vividos de enseñanza y experiencia, aunque esta circunstancia no da patente de corso, y he llegado a tomarle cariño a Marina. Nunca supe cuál fue el futuro de Marina, la puta.
Hoy es Marina.

domingo, 28 de abril de 2013

Era, es mi plaza infantil.




Era Don Sotero bajo y regordete; vestía sotana, dulleta y teja, y decía misa en Santa Marina la Real, mi parroquia. 
También era Don Sotero mi vecino. Y le gustaba la marquetería en la que se esmeraba y yo me embelesaba viéndole manejar aquella sierra de calar que daba formas y dibujos diferentes a panchas de madera.
Don Sotero fumaba en pipa de boquilla los cigarrillos que liaba con gran maestría. Entre sus dedos índice y medio de la mano izquierda sujetaba el papel del librillo “Zig Zag” mientras depositaba en la palma de la mano el tabaco que desgranaba de un paquete verde -de “picadura de cuarterón”, le llamaban- que liaba con mucha maestría por la práctica repetitiva de varias veces al día durante muchos años.  Mis enredos infantiles con la pipa, que descansaba ausente de pitillo en el cenicero, le sugirieron a Don Sotero ofrecérmela para que chupara su boquilla, y accedí. Aquel sabor fue todo lo contrario al de un caramelo y me restregué la lengua y el paladar con los dedos y la manga del jersey para intentar aliviar el amargor que me había dejado. 
Y cuando don Sotero salía o llegaba a casa, aquel tropel de rapaces que bullía por la plaza corría a su encuentro disputándose la primacía en besar la mano del reverendo, como si se tratara de conseguir un trofeo.

Porque aquella plaza tenía mucha vida: Los chavales del barrio jugábamos al burro, a las canicas, al tacón y las pelis; y utilizábamos para “el escondite” la trasera del “altar” y las grandes columnas laterales que cercaban el monumento, que llamaban de “La Cruz de los Caídos”. En la plaza no había coches aparcados, con lo que la calle se convertía en un campo de fútbol con terreno de canto rodado en lugar de hierba, y con pelota de trapos apretados con cuerda que simulaba un balón. Solamente debíamos esquivar el coche del funerario, el coche negro que transportaba ataúdes también totalmente negros, cuando se acercaba a aquel semisótano que tenía por almacén.
Y en las tardes, a la hora de la merienda, mirabas con envidia al rapaz que llegaba de casa con un bocadillo de barra que desprendía una grasa rojiza que delataba que en su interior había chorizo, mientras a ti te habían untado en una rebanada de hogaza un poco de tocino que había sobrado del cocido de mediodía.
Aquella plaza te hacía desarrollar la imaginación, buscar el juego infantil que llenara unas horas de esparcimiento después de la escuela; y siempre con la mirada atenta del chiri (el municipal).

jueves, 21 de febrero de 2013

Fueron aquellos años sesenta



Volvía a casa después de una tarde de domingo en paseos por la calle principal de la Capital con la pandilla, pandilla totalmente masculina. Había sido el desahogo para un día festivo alejado de manuales con filosofías de Aristóteles o Descartes; también abandonado de las traducciones a Cicerón, Tito Livio o de memorizar el vocabulario de inglés.

Llegaba ilusionado por habernos cruzado por la misma acera en tres ocasiones con aquel grupo de chicas.
Era la ancha acera de aquella calle principal, siempre la misma acera, que propiciaba la ojeada disimulada al grupo femenino y que, si era coincidente el cruce de mirada con alguna de ellas, nos propiciaba el pavoneo por el acontecimiento ante el resto de los acompañantes y proponías otra vuelta más cantando a Los Brincos o a Adamo.
De aquella chica me había atraído la melena castaño oscura, muy cuidada, con flequillo que casi le ocultaba la mirada y le daba una apariencia misteriosa y tímida, transformando su semblante en seriedad y rigidez corporal al cruzarse con nosotros. Aquella melena me recordaba el amor platónico por inalcanzable de Françoise Hardy. E imaginaba un paseo sosegado con ella hablando de… quizá las asignaturas, sus profesores; los gustos por la música o cantantes de moda, de… Era igual el tema; soñabas, sentías algo especial por su compañía y no reparabas con quien te cruzabas… Pero, ni siquiera sabía su nombre.
La otra acera era igual de ancha; pero solamente la transitábamos para ir alguno de sus tres cines cuando disponías de algunas pesetas que habías economizado detrayéndolas de tomar un vermut en “La Casuca”; y buscabas que fuera en programación de “sesión continua”, dos películas seguidas. También cruzábamos para ver en el escaparate de Navarro Óptico la carátula del último single de The Beatles; o, en el otro comercio, en Olalla, los de Los Sirex, The Beach Boys, otro de Grieg… todos a 45 rpm porque solamente su contemplación te producía placer y evaluabas su costo para proyectar la compra de alguno con motivo de alguna celebración, algún cumpleaños. Los long play, los de 33 rpm eran prohibitivos. Fue, por lo tanto, un lujo que mi hermano hubiera comprado el disco Rubber Soul de The Beatles que me permitía ponerlo en el tocadiscos para escuchar repetidamente la canción “Girl”.

Había sido otro domingo de ilusión con los amigos y, muy a menudo, con sueños por realizar.

lunes, 14 de enero de 2013

Un cuadro para muchas historias.




Un cuadro del tío cura, de Cesar, que cuelga de una de las paredes del vestíbulo de casa de madre. El tío Cesar escribía, pero también dibujaba y pintaba. Y desde mi uso de razón ese cuadro ocupa el mismo espacio en la pared, y mil fantasías en sus torres y arcos han afanado mi mente durante años.
Pero también realidades.

Ico, de mediana estatura, muy callado, trasladaba con su presencia la fidelidad y sumisión a quienes abonaban su sustento por sacristán y campanero de la Catedral, a los miembros del Cabildo catedralicio.
Ico, encogido, con un abrigo que parecía grisáceo, de muchos años, con los bolsos algo raidos que refugiaban sus manos del frio de la madrugada leonesa, esperaba en el pequeño vestíbulo del edificio de Correos, aledaño a la Catedral, a que llegara la hora del repiqueteo de campanas.
Tenía Ico un ritmo muy equilibrado con las campanas: Una sonoridad triste para momentos de difuntos; acentos alegres, en sinfonía de muchos sonidos para días pascuales, de fiesta; y en Viernes Santo hacía sonar el carracón al paso de la Procesión del Entierro.
Posiblemente, Ico jamás pensó que aquel sonido atronador que producía con las distintas tonalidades de las campanas en la torre y se oía a kilómetros, era capaz de encoger o ensanchar el alma de quienes le oíamos. Yo imaginaba a Ico agarrando con sus manos varias cuerdas de badajos a la vez; incluso, según me contaban, atándose otra cuerda a la cintura si los muchos toques lo requerían.
He querido recordar muchas veces las notas, los sonidos que me despertaban en los primeros días de la Pascua Florida, del inicio de la primavera. Creo que la fonografía se hubiera enriquecido con aquellos sonidos que creaba Ico.

En León, en su Catedral, no se hubiera necesitado jamás un famoso jorobado porque estaba Ico.

lunes, 15 de octubre de 2012

“Habéis convertido mi casa en una cueva de ladrones” (cfr. Lc 19, 45-48).



Me han sustraído una parte importante de mi vida; de mi espiritualidad, de la mía. De momentos de sosiego recorriendo pausadamente las naves de la Catedral de León mientras en los pinganillos me acompañaban Haendel, Mozart, Bach, Palestrina…

 Sentarse en un banco y contemplar allí arriba los arcos, las piedras que canteros anónimos dieron forma; y carpinteros para una sillería del coro y herreros que dieron mil formas a rejas. Vidrieros, pintores, orfebres, músicos, arquitectos… Carros de bueyes trayendo la piedra de Boñar o acarreando troncos que sirvieran para el armazón… Y también las mujeres llevando en alforjas de burros las tarteras repletas de un cocido que diera calor y fuerza a aquellos artesanos.
Y una vez concluida, sumisión del pueblo constructor ante la amenaza de condenación al fuego eterno que pregonan las capas pluviales con mitra, o los roquetes sobre la sotana y tocados con bonete. Penitenciario para exculpar de pecados; y deán, fabriquero, ecónomo, canónigo, beneficiado… Y, no lejos, también las barraganas.

 Vuelvo a mi Catedral de León en blanco y negro.

 No me gusta que se haya implantado un fielato para expender una tarjeta de residente o turista, con excusa de mantenimiento, que te permita el acceso; tampoco la exclusiva remunerada para explicaciones de sus rincones, sus vidrieras, sus pinturas, sus tumbas; o el encaminamiento señalizado con cintas que te conduce exclusivamente al servicio religioso. Y tampoco que se haya convertido cada fin de semana en fabrica de bodas con pasarela de modelos ad hoc.

 … y la sigo considerando mía.

domingo, 18 de marzo de 2012

Esta ventana sigue teniendo vida



Me fascinan las ventanas y… también me inquietan.

Esos cuarterones servían ayer para abrir de par en par a la vida bulliciosa del corral con alegría en verano; y producían discreción y misterio desde afuera cuando permanecían cerrados en invierno.

No necesito un gran esfuerzo de concentración para imaginar, para que me cuenten la vida cotidiana del otro lado de la ventana; tampoco me cuesta adivinar el día a día de la vida que revivo a través de esos marcos y cuarterones desvencijados que antaño no podían separar la vida de la cocina de la del corral.

Hoy sus rendijas dejan entrever unas grandes zarzas que han sustituido a la amplia mesa de tabla de chopo, desgastada por las reiteradas fregaduras con estropajo y arena. Aquella mesa que hubiera podido relatar filandones nocturnos de los miembros de la casa con vecinos llegados para coordinar la trilla del día siguiente, el acarreo desde las parcelas de El Sapo; o llegados para pedir las alforjas en las que llevar al mercado de la Capital, a la Plaza Mayor, unos huevos, tres conejos, dos pichones y el serón con un trozo de hogaza que acompañe a un poco de chorizo, algo de tocino y el relleno que sobró del cocido de ayer.
Unos ladrillos y tejas ocupan el lugar que ocupaba el escaño que rodeaba casi todo el perímetro de la mesa. A la izquierda se encontraba la cocina económica con tres escudillas sobre la chapa que contenían las sopas de ajo picantes y condimentadas con unto, que daban vigor a los hombres de la casa para ir de madrugada a la siega y al acarreo de la mies que servía, en aquella economía de subsistencia, para el sustento familiar y para el trueque por algo de aceite y bacalao en algún ultramarino de la Capital.
Ya no merodean, entre las piernas de aquellos comensales del almuerzo, los gatos que anunciaban su presencia restregando el lomo contra los pantalones de pana. No está el porrón que propiciaba el último trago largo del vino, fermentado en la bodega cercana a la era, y que anunciaba el fin de una liturgia diaria que terminaba con el cigarrillo de picadura, que liaba con habilidad y esmero el patrón de la casa, y que prendía con alguna brizna que recogía con las tenazas del hornillo de la cocina.

Esta ventana sigue teniendo vida.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ese sello de Correos...




Te asedian con celuloides, fotografías, reproducciones que quieren producir sensaciones, que te incitan a vivir más…

…pero siguen siendo algunos de esos pequeños sellos, que ensalivados y pegados a un sobre con dirección en cuidada caligrafía por la que adivino quién lo remite, los que excitan mis emociones de vida pasada y presente.

Y cuando, entre la correspondencia comercial retirada del buzón, encuentras un sobre con ese sello encuadrado con esmero, te produce un vuelco el corazón y adivinas la liturgia del ser querido que remite: Recoger las cuartillas guardadas con pulcritud entre las páginas de un libro, siempre el mismo libro; quizás una de las estilográficas que tiene alojadas con innumerables bolígrafos y lapiceros en el tarro que está en la repisa de la salita…
El respirar profundo mientras se inclina sobre el papel en blanco y escribe “Querido” con un trazo en la letra que transmite su palpitación…; y, por fin, un “Te quiere…”
Y buscará en el cajón del aparador la cartera de mano donde guarda los sellos y elegirá con mimo aquél cuyo tema se ajuste al parabién o la confidencia relatada: Una flor, una tradición, un paisaje, un cuadro…

Los colores cálidos de la reproducción, ese sello de Navidad ya me anuncia deseos de dicha, sosiego y afecto.

miércoles, 30 de marzo de 2011

¿Estaba solo?



Volví a casa de Padre.
Aquel caserón, antiguo palacio y hoy casa de vecindad, seguía rezumando humedad por las paredes del gran portal. En el patio, el lilar, casi seco, ya no desprendía el olor que me anunciaba la llegada del verano en los años de la infancia. Y tampoco había geranios sobre el brocal del pozo.
Ya no me atreví a subir con un brinco los tres primeros peldaños de piedra, ni a contar con trancos de dos en dos, menos uno, el resto de las escaleras: Seguían siendo diecisiete.
Tuve la tentación de llamar con el picaporte, coger aquella mano de hierro fundido que no se cansaba de sostener la bola que en la infancia intenté arrebatar para dar rienda suelta a mis juegos. Pero el aviso de mi llegada fue con el timbre. Y los pasos apresurados que oí, eran los de Madre que reconoció mi presencia por los tonos rítmicos de la “chicharra metálica”.
Jose se encontraba en el despacho de Padre del que había hecho su mundo, su vida. Rodeado de la gran estantería repleta de libros que mostraban, sin rubor ni miedo de años pasados, sus títulos y autores. Autores y títulos malditos para unos salvadores de cuerpos y almas con represión política y religiosa, y que conservaba con mimo, buscando quizá los testigos, la justificación de unos amigos mudos que podían arropar los sueños de sus años juveniles en busca de ideas de libertad.
Su aspecto físico seguía descuidado por el pelo algo despeinado y con corte desigual. Pero era su barba canosa la que le daba una apariencia de intelectual o bohemio.
Embelesado, como siempre, contestó con un “hola” a mi saludo.
Bajo el cristal que protegía el barniz de la mesa, una foto de carné de los años adolescentes de Jose; y sobre ella, algunas partituras de música para guitarra: “Recuerdos de la Alhambra”, “Romance Anónimo” y otras más. También, la cejilla para la guitarra al lado de un pequeño crucifijo; y el paquete de tabaco que le surtía con fluidez los cigarrillos que apuraba convulsamente hasta la boquilla. Uno de aquellos cigarrillos, en ese momento, hacía el recorrido desde sus labios hasta el cenicero impregnando con su humo, aún más, el ambiente ya sobrecargado por unas horas de soledad que también quemaba como el tabaco. ¿O quizás no estaba solo?: Estaba con él. Hacía muchos años que ¿había superado? a una sociedad que no quiso entenderle.
Hoy buscaba la amistad de una estilográfica y de unos folios que llenaba de sonetos, algún poema, décimas… Unos versos en los que depositaba su desesperanza, su desilusión, su vida…


“Sufrí la eternidad de los papiros,
del frustrado consejo; la violencia,
la falta de consenso, la inclemencia,
el triste regresar de los suspiros.

Tiempo loco, hoy no te quiero cuerdo;
mas ido ya, dejado tu dictamen,
vuelvo a tu ser, arcano, sin examen;
vengo de ti por más que no recuerdo.

“Recuerdo” es recordar lo que no ha sido:
¿Dónde las madreselvas de un camino
tan vigoroso, exhausto, tan vivaz?.

Traer a la memoria aquel olvido
es quererlo vivir sin el Destino
que borró la sonrisa de mi faz.”

En el regazo de Jose, con cariño, quizá con amor, reposaba la guitarra a quien tanto mimaba y con la que me había enseñado, en aquellos años del Mayo francés, los primeros acordes de las canciones de The Beatles.
Y a su izquierda, el atril vacío.
- ¿Ya no tocas, Jose?
Su contestación fue una caricia a las femeninas curvas de la caja del instrumento. Dejó caer sus ágiles dedos rasgando las cuerdas desafinadas, al tiempo que su mano izquierda se deslizaba hasta las clavijas de la guitarra. Giró la primera y un MI grave se fue debilitando con un tono cada vez más ronco ante la falta de tensión de la cuerda. Siguió con el LA, RE, SOL, SI, MI.
Con parsimonia, Jose depositó la guitarra, ya muda y desnuda de cuerdas, en aquella maleta que convertía en féretro para el instrumento.
Volvió a sentarse en el sillón haciéndose otra vez dueño de la mesa del despacho, defendiendo su territorio, volviendo a su universo.
Encendió un cigarro más y llenó sus pulmones de un humo que fue expulsando con lentitud hacia la lámpara que pendía del techo.
Su mirada viajó otra vez al infinito.
- Hasta mañana, Jose.

miércoles, 5 de enero de 2011

El tren-correo León/Bilbao



Ya eran cerca de las nueve de la tarde. Solo faltaba la llegada de Ballesteros para cerrar la jornada laboral.
Ballesteros era menudo en altura y anchura, y se había embarcado en la compra de un piso en León que asustaba a los compañeros por su coste en ceros: ¡Quinientas mil pesetas!. Aquella aventura económica de vida, le obligaba a Ballesteros a “tirar patrás” en los quehaceres de funcionario de Correos y su especialidad de ambulante en el Correo León-Bilbao, en el Hullero.
La tartera con algún guiso del hogar, refinadamente envuelta con papel de una página del periódico -gratuito para Correos- de El Diario de León, le calmaba el hambre de un traqueteo que resultaba interminable. Y el mismo abrigo para festivos y laborales, que había cumplido también muchos trienios, casi tantos como los que Ballesteros tenía completados en el Cuerpo.
Después de doce horas de viaje saludando a los innumerables carteros del trayecto (San Feliz de Torío, Garrafe, Pedrún, Matallana, La Vecilla, Cistierna…Mataporquera… y Bilbao), buscaba refugio para el descanso en la Sala de Clasificación de Correos de Bilbao, acomodando sobre una mesa para la distribución una serie de sacas que le servían de colchón y manta, para amanecer al día siguiente y emprender el regreso a León.

Plácido era diferente, tanto en altura como en anchura. Había nacido en el Páramo, en Meizara. Y su gabardina debía haber completado (una vez que hice cuentas) el quinto trienio. En su alimentación de ambulante primaba su costumbre rural: Un buen trozo de chorizo que rezumaba grasa roja, algo de tocino de jamón, algunos tomates y cebollas en temporada, y una buena rebanada de hogaza. En el descanso nocturno ejercía más dispendio que Ballesteros porque dormía en la misma fonda donde dormían otros colegas que habían ajustado con la posadera un precio más ventajoso al no tener que cambiar las sábanas de unos para otros.
Y Placido también llegaba, en el regreso de Bilbao, en el Correo, sobre las nueve de la tarde y hacía la entrega de los documentos de la correspondencia en el Negociado de Certificados de la Jefatura Provincial de León. ¡Firma en barbecho!, decía siempre mientras sacaba de aquél maletín, que me recordaba a los que llevaban los médicos del Oeste y se veían en las películas, el libro de las Firma-registro de Entrega, un matasellos, el trozo de chorizo y la rebanada de hogaza sobrantes, “el mapón” donde se relacionaban los certificados y las sacas/despacho, una barra de lacre, un trozo de cuerda, algún precinto para las sacas de los paquetes…¡Firma en barbecho!, repetía.

Aquellos ambulantes en el Correo León-Bilbao, también hicieron muchos kilómetros de traqueteos interminables, de días de fríos intensos en los que las briquetas que les pasaba el maquinista y quemaban en la estufa del vagón-correo, apenas calentaba un ambiente en el que era imprescindible ajustarse bien la gabardina o el abrigo.

Eran aquellos años, existieron.

domingo, 21 de febrero de 2010

No le hacía falta capa pluvial




“Santo Andresín”, me decía Don Julio Llamazares –Abad de la Colegiata-Basílica de San Isidoro- cuando le ayudaba a misa y, una vez concluida, “escurría la vinajeras”; o lo que era lo mismo, ya en la sacristía apuraba de aquella pequeña jarrita de cristal el último sorbo de vino de misa que había sobrado.
También quería hacerme Obispo de Astorga, y mis seis años se llenaban de ilusión al verme como Don Luís Almarcha, el homónimo en aquella época en León.
Porque yo llegaría en otro coche italiano con banderola en el capó y chofer; me vestiría con bonete casi granate, capa, teja con borlas, guantes y zapatos a tono; y un gran anillo que se acercarían a besar las autoridades, los canónigos, la gente del barrio y los rapaces. Y viviría en otro palacio episcopal con curas y monjas que me atenderían; y mi madre no tendría que lavarme la ropa y fregar los cacharros de la comida, y tampoco hacerla. Y ya sería casi santo por ser obispo, porque en el organigrama debían de estar ya muy cerca de Jesucristo. Además, los curas no dejaban de hacer reverencias al Obispo Almarcha y le decían “su excelentísima”.

Don Julio era un hombre bueno, no porque quisiera hacerme Obispo de Astorga; tampoco porque me diera un duro en papel nuevo cuando iba a verle poco tiempo después al Asilo. Aquí, al Asilo de las Hermanitas, le había desterrado el Obispo Almarcha; y yo creía que era por viejo. Pero me extrañaba que no volviera por la Basílica alguna vez, hasta que fui deduciendo su expulsión por comentarios que hacían las personas mayores sobre sus paseos desde aquel Asilo de pobres y viejos, que apenas llegaban más allá de cien metros porque recorrer unos metros más le harían ver la Torre del Gallo de la Colegiata y no lo podía soportar.

Los restos de Luis Almarcha están bajo lápida y escudo en la Catedral de León; los de Julio Llamazares…

martes, 12 de enero de 2010

Traducción de doce minutos




¿Cómo se pueden traducir los pentagramas, las notas musicales, los coros que J.S. Bach nos ha dejado en estas obras?


J.S. Bach: St. Matthew Passion, BWV 244 - O Haupt Voll Blut Und Wunden

J.S. Bach: St. John Passion, BWV 245 - Ruht Wohl, Ihr Heiligen Gebeine


¡Escúchalos y deja que tu corazón lo descifre!

sábado, 26 de diciembre de 2009

Son otros tiempos



El humo se ha escapado desde la cocina y ha invadido toda la casa; llega también a mi refugio –mi estudio- mientras pretendo un período señalado del año en tranquilidad de lectura y música. Huele a dulce, huele a Navidad.
Mi mente no puede establecer un orden en todas las imágenes que van brotando de navidades pasadas; y se mezclan las nostalgias infantiles personales con las horas dedicadas después, en las mismas fechas, a tus hijos pretendiendo darles felicidad en lugar de dejarles ser felices. Y analizas la tremenda diferencia producida entre tu juventud y la tus hijos; el contraste de, posiblemente sin saberlo, antaño transmitir la felicidad sin dinero, y ahora intentar comprarla.

Esos amarguillos y coquitos que se han cocido en el horno de una cocina eléctrica no son iguales que aquellas magdalenas y pastas con grasa de cerdo que se fabricaban en el fogón de la cocina económica, pero mantienen el cariño de su elaboración.
Aquel tren de cuerda que te embelesaba mientras lo mirabas en el escaparate y que te obligaba a paseos y ratos de ilusión mientras mirabas a través del cristal de la tienda, y que sería el juguete primordial en tu carta a la Reyes Magos que sin embargo Sus Majestades siempre olvidaban, hoy lo superan reproducciones móviles con mandos a distancia o maquinitas con mil juegos para uso individual, que aíslan, y un sinfín de monstruos que terminan amontonados en el armario donde están olvidados los de año anterior.

Ya no hay brisca ni filandón porque la “caja tonta”, los mil canales de televisión ya te han sustituido en el envite del “tute subastao”, y la conversación calmada de sobremesa la desplaza una superproducción, que interrumpen con el recuerdo machacón que te incita a más compra, a más gasto, a que “seas más feliz”.

Concluyes que, en este “son otros tiempos”, no eres dichoso porque no sigues el dictado o la rueda establecida, que estás fuera del sistema de comprar la felicidad. Pero no te deprimes: Te pertrechas para el frío, sales a la calle en busca de contracorriente de compras y recorres callejuelas sin luces de neón ni agobios de transeúntes mientras suenan en tus “pinganillos” el “Christmas Oratorio” de Bach.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Cartero Rural



Fue un pequeño cuadro con escena de campo veraniego en siega y acarreo de mies, una miniatura que estaba colgada en aquel enorme portal -mitad zaguán, mitad patio- de un no menos gran caserón, el que transportó mis recuerdos a aquellas vacaciones infantiles en Villatriz reviviendo rincones, tipos y escenas en blanco y negro. Sentí una agradable nostalgia y quise soñar en color...
Pero Don Pedro, el cura, ya no espera en las mañanas de verano, después del “ite, missa est” y refugiado a la sombra de la parra que cubría la entrada de la casa rectoral, la llegada de Celestino, el Cartero. Todos los días Celestino, a lomos de su burra, con la boina calada hasta las cejas y la valija de cuero colgada en bandolera, le entregaba al reverendo con una pequeña venia las noticias urgentes del periódico de la provincia, aquél Diario que servía de guión para la tertulia con el veraneante capitalino y el veterinario.
Tampoco Dolores, la viuda de Inocencio, escudriña tras los amarillentos visillos de la ventana de la cocina la presencia de Celestino delatada por el sonido rítmico de las pisadas del cuadrúpedo; y es que para Dolores, aquel esperado sobre con caligráfica dirección filial y matasellos alemán, suponía frustración si la burra no se detenía o ilusión si oía a Fidel gritar su nombre.

Hoy, Don Pedro recorre con prisa los titulares de prensa en la Residencia clerical y capitalina, y reparte cuatro misas dominicales para vivos y difuntos en pueblos del alfoz. Ya no hay escuela; y en el Camposanto, cerca de la tumba de Dolores e Inocencio está la de Celestino.
Pero en Villatriz los veranos se siguen vistiendo de amarillo y los inviernos, a veces, de blanco.
Ahora es Miguel, “Miguel el Cartero”, quien llega todos los días en coche desde la capital con el periódico para Don Arturo, el jubilado de banca que inmigró para intentar recordar en cada rincón de Villatriz una infancia feliz. Y Teresa, como Dolores, también espera con ilusión las noticias de su hija becaria en Erasmus francés; y para Gumersindo las revistas del campo y la publicidad de maquinaria agrícola y de piensos enriquecidos...
Hoy en Villatriz no se oye la cornamusa, ni el sonido rítmico de los trancos de la burra de Celestino; pero para Arturo, Teresa y Gumersindo el rugido diesel del coche de “Miguel el Cartero” les anuncia la visita diaria de las noticias urgentes sin prisas, la esperanza del sobre con matasello francés o los nuevos precios de los piensos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Hacerse el tonto o ser tonto




“Pan y circo”, le contestaba entre escéptico y cabreado a un amigo, “y he perdido la fe”.
“O sea, que te has hecho agnóstico, ateo”, me respondió.
A lo que, empleando la ironía, le recité la definición del catecismo del Padre Astete: “La fe es creer aquello que no vimos” y mi ateismo viene dado por lo contrario, por comprobar que es un error lo que creía.

Confías tu deseo político-social, tu voto en personas que deciden por ti y marcan las normas de convivencia; pero compruebas que invocan al pragmatismo político para demostrarte el poder que les has conferido. Primero ese Poder lo asientan personalmente y exhiben, y a continuación aplican el catecismo de Maquiavelo intentando vender que cualquier medio que se utilice está justificado si se llega a conseguir su objetivo -no el tuyo- final: continuar.

Y no importan ni vidas, ni haciendas, ni conciencias.
Y ejecutan, dan pábulo y apoyan más “Pan y circo”.
Y siembran migajas entre los escasos administrando el “tírame pan y llámame perro”.
Y conjugan escrúpulos crematísticos con clérigos que alardean de enfrentamiento con el Poder por la moral y las buenas costumbres.
Y pactan por debajo del tapete componendas con adversarios para que no creen alarma social.
Y forman piña entre ellos tapándose las vergüenzas y enalteciendo logros.
Y manipulan.
Y conceptúan a sus ¿lacayos o administrados? como tontos, con falta de criterio para comprender sus desvelos y acciones encaminadas a conservar la suprema patria y socorrer con agasajos a los humildes.

Y no hay color, no hay colores: amarillo, rojo, azul, verde… “Todos a una…”

miércoles, 30 de septiembre de 2009

¿Las comparaciones son siempre odiosas?








Alguien puede esperar un comentario relativo a esa foto “colgada”.
Pero no es mi intención.

Se puede contemplar, ver, imaginar también hace años a aldeanos en algún pueblo…
Una cocina económica testigo de guisos y comentarios en aquella España…

Hoy, aún en este mundo globalizado…

(vete a este enlace y encontrarás la explicación)

http://www.soitu.es/soitu/2009/09/30/actualidad/1254307789_113189.html?id=203a3a9c50378381eed4a7094562152e&tm=1254514043

lunes, 6 de julio de 2009

UNA CARTA SIN SELLO PARA CRÉMER



Revolví en la estantería del pequeño estudio, rodeado de los amigos de letras y pentagramas que participan de penas y alegrías; donde estás feliz en soledad buscada con cómplices de días contados. Aquella joya mía no tenía que estar enterrada entre otros muchos autores olvidados en las estanterías.

Y no fue necesario que transcurriera un tiempo ganado por compases de adagios de Beethoven para volverme a encontrar con el único libro de poesía –confieso- en el que me he recreado: “El cálido bullicio de la ceniza”.

Algún día de mil novecientos noventa me produjo un vuelco el corazón al encontrar en el buzón del portal un envío que remitía Victoriano Crémer. Fue la misma emoción (¿hoy está de moda este sentimiento o aún mal visto?) que me producían las direcciones y remites manuscritos de las cartas de amores juveniles. Y en la primera hoja de aquel, de este libro, la cariñosa dedicatoria del amigo.
Era un reto tener entre mis manos un libro de poesía del amigo; debía leerlo, disfrutarlo.

Lo ojeé y vi que el compendio de poesías iban dedicas a su mujer: “A Currra, muerta y resucitada todos los días”.
Y, hoy, los primeros versos de “El cálido bullicio de la ceniza” me trasladan al impacto que me produjo la noticia al enterarme de su muerte por un periódico nacional mientras solazaba sobre la arena en una playa asturiana.

“Ni siquiera adiós, esa calida voz que recogemos
de los abajos del alma.

De haber asistido a tu agonía
hubiera intentado hablarte o simplemente
prender en tu corona de muerto esa palabra,
esa calida voz: -¡Adiós! ¡Adiós!- repetida
como respuesta a tu mirada húmeda
de muerto con el agua al cuello, con el agua
hasta los ojos. –Nada puedo hacer por ti,
lo siento…!”


Tienes la sensación de morir también un poco.

Y vuelves a recorrer mentalmente aquellos espacios de antaño en este León compartido, vivido con los que han muerto. Con aquellos que comunicaron con Crémer en actividad periodística de esta ciudad provinciana que producía noticias y crónicas de aconteceres sin trascendencia que, sin embargo, constituían categoría en la vida cotidiana del paisanaje urbano y rural.

Pero vuelves a revivir leyendo más versos:

“Hubo un tiempo en el que los poetas
hablaban el lenguaje del pueblo (“¡esa entelequia!”),
y el pueblo se admiraba y conmovía
sintiéndose entendido y transferido
hasta que alguien gritó: -No es bueno
que el pueblo (“¡esa entelequia!”) tenga lenguaje propio,
es un peligro para las instituciones programadas.”

domingo, 14 de junio de 2009

PARTICIPAR




Participar, avisar, anunciar, notificar, advertir, prevenir, significar, invitar, interesar, comunicar, dar parte, poner en antecedentes, dar aviso…

Con unas letras quiero hacer referencia a un grabado que tengo en mi refugio, en mi pequeño estudio donde suelo relajarme rodeado de algunos libros, viejos en años y ausentes de lectores; y de discos, fundamentalmente de los llamados clásicos.

Es una lámina que veo todos los días, pero a veces la miro; y me reconforta: Hay alguien más que se para a pensar.
Un grabado que me regaló y dedicó Toño Benavides en unas elecciones políticas pasadas, cuando años jóvenes te hacían más idealista y creías que podías aportar, contribuir, colaborar. ¿Los años te vuelven más escéptico o desconfiado? Alguien aportaría estudios concienzudos, datos estadísticos para apoyar o rebatir; no me interesan.

Mi padre me habló en muchas ocasiones de la “Universidad de la Vida”. Él, al que su profesión de periodista le proporcionó muchas relaciones sociales provincianas –se sentía orgulloso cuando me lo contaba-, le gustaba saludar y platicar con los barrenderos de su ciudad; y en aquellos años de mediados del siglo pasado, la referencia, el “coco” para el mal estudiante era terminar en aquella denostada profesión.
Esa misma Universidad me ha enseñado que en la “res pública” permanecen pocos inteligentes, bastantes listos y demasiados espabilados.

…yo solo quería PARTICIPAR con una imagen: Nada más; porque esta imagen, vale más que mil palabras.

jueves, 11 de junio de 2009

Slow



Ya hay una nueva corriente, dicen moderna, que la sociedad comienza a valorar: Slow (tranquilo, sosegado, sereno) ¿Tienen que existir movimientos para que el humano “se apunte”? Parece que es preceptivo, que la moda impone, que se está al día.
Ha habido estos últimos años mucha prisa por llegar a poseer, ostentar, exhibir, exteriorizar… Competitividad, datos, objetivos, tendencias…
Y lo justificaban: “Los tiempos han cambiado”.


Una tarde sabatina de comienzos de primavera, de tiempo que invita a disfrutarlo rodeándote de naturaleza que comienza a despertar.
Me está llamando el espectáculo de La Sobarriba, el entorno paisajístico a la huerta de mi progenitor paterno.


Los perales están cuajados con flor; hay que segar el exceso de hierba en la huerta; la noria con bastante agua augura un verano sin graves problemas para el riego.
Al lado, casi irreconocible, el camino de tierra que transitaban antaño las vacas tirando del carro en transporte de mies recién segada y en el que sus ruedas habían marcado surcos duros y secos en el verano, que se convertían en regueras en el otoño-invierno.


El trigo y la cebada ya proporcionan un espléndido color verde a las tierras ocres y grisáceas que las habían adornado los meses pasados.


Hasta los robles dejan ver en sus ramas los primerizos brotes de nueva vida.

Sosiego, placidez, tranquilidad.

Los días se agrandan en horas de luz, aunque la tarde ya está avanzada.


Y caminas paseando; te detienes ante un cardo, ante una “escoba” con sus ramas repletas de una flor de un amarillo intenso.
Y, algo distanciado, rompiendo el horizonte de la tarde, un árbol de formas naturales y seductoras.


Más colores, más formas en nubes que alardean en esta hora con diferentes figuras a las que contribuye un sol en declive.
Desde la era, en la lejanía, observo la cadena de montañas de siempre, hoy con retazos de nieve aún sobre el gris de la roca…


¿Slow?

miércoles, 10 de junio de 2009

Muchas horas contadas.





Tener necesidad de expresarte, de contar cosas y enfrentarte a un folio en blanco, a la pantalla del ordenador, angustia.

Sin embargo reconforta, tranquiliza y valoras el tiempo y la soledad buscada mientras utilizas algo de lo más preciado en el hombre: La imaginación. Y pones una palabra tras otra, mientras te acompañan los compases de algún compositor ruso o centroeuropeo.
Recuerdas otros tiempos con memoria afectiva.

Evocas aquél salón en casa de la abuela, zona de paso y partidas de julepe en una gran mesa camilla con hogareño brasero en invierno, tapete y ceniceros que sus hijos se encargaban de atiborrar de colillas de cigarrillos, de tabaco de picadura, confeccionados primorosamente a mano. Aquella habitación de vivienda de capellanía incrustada en el enorme edificio del Hospicio, refugio obligado de un batallón de rapaces al cuidado de monjas con unas grandes cofias almidonadas.
Chavales con una infancia en comunidad obligada por vergüenzas sociales, perdonadas al haberles depositado en un torno hospiciano y discreto, que les había servido por unos instantes de cuna en el traspaso a las manos de alguna religiosa de turno.

En aquella estancia, colgado de una de sus paredes, un gran cuadro de la Familia Sagrada era el testigo de los innumerables nietos que visitaban con frecuencia a la abuela y al tío cura.
Y al lado de aquella pintura, el reloj que, en los silencios del cuarto, dejaba oír los segundos que marcaba el pequeño péndulo; y su carillón, que era cantarín y ágil anunciando las horas. Siempre, su última campanada dejaba suspendida durante unos segundos una resonancia en el ambiente que me envolvía.
Su mecánica, perfecta; sin embargo -me lo parecía- los tonos me sonaban distintos en verano, más alegres y ligeros, que en invierno, en el que sentía un ritmo más grave y lento.
Y las incrustaciones que adornaban el entorno de la esfera me recordaban los diferentes colores de los envoltorios de los caramelos con que nos obsequiaba el tío cura; en algunas ocasiones, aquellos embalajes no lograban impedir que restos de picadura de tabaco se unieran al dulce con el que habían compartido espacio en el bolso de su sotana.

Hoy, en una salita de caserón antiguo, este reloj continúa vivo, con más silencios, mimado por las manos de una hija de la abuela.

domingo, 12 de abril de 2009

10 de Abril de 2009



Es tarde fría de mi Viernes Santo. He procesionado a cara descubierta, contracorriente de gentes que se agolpan para ver el espectáculo de papones con túnicas de terciopelo rojo y capas de raso de las que cuelgan grandes medallones bordados que advierten de su cofradía, de su tribu.

Me molesta ya tanto “porrompompon” y “tarari tití”, que me engancho al iPod donde tengo enlatadas innumerables corales de Bach.

Pero tengo que esperar al sábado para perderme por calles desiertas que ayer rezumaban bullicio urbano y rural; también del alboroto de cofrades forasteros -muchos antisistema- de un “Genarín” prostituido con imitación de procesión religiosa y disculpa para terminar al alba impregnados de alcohol.

Dudo continuar poniendo una palabra tras otra…

¿Quieres acompañarme?...